Hablemos de …

Griselda Álvarez

Por Rafael Tortajada

Nació en un día como ayer pero del año de 1913 en una populosa ciudad donde por razones médicas hubo que trasladarse a un lugar donde existían los medios quirúrgicos para atenderla en caso de peligro en su advenimiento. Felizmente, no hubo necesidad y su niñez la pasó en los espaciosos patios de una hacienda en el poblado de Chiapa ; esta fuente de trabajo se manejaba al estilo de la época bajo la directriz de una mano firme como lo era la de su padre Miguel Álvarez García que debido a sus grandes deseos de vivir una estancia más que placentera, empezó a desentenderse de esos bienes y poco a poco los fue endeudando hasta que finalmente el último día de su mandato como gobernador de Colima la perdió por un exceso de responsabilidad que, cuando se presentaron sus deudores tratando de hacer efectivos algunos pagarés, él simplemente tomó su sombrero, se lo puso a media cabeza y les dijo: “no tengo más con qué responder más que con esta propiedad, traten de pagarse hasta donde les alcance porque no hay más”.

La niñez de Griselda debe haber sido un tanto solitaria puesto que, el medio en el que ella se desarrollaba no le permitía dar salida a sus inquietudes de poeta o tal vez reprimió esos deseos creativos y en el momento en que fue oportuno los dejó salir escribiendo varios hermosos libros de temas diversos y sobre todo, después de la muerte de Salvador Novo, ella se convirtió en la sonetista número uno del país; fue tanta la percepción de sus pensamientos traducidos en sonetos para desarrollar temas tan diversos que, pudo regalar a la vida un soneto para cada uno de los artículos de la Constitución Mexicana, esto se dice fácil, llevarlo a cabo es lo difícil.

Sus relaciones hacia los poderosos que dominaban la política nacional hicieron que se fijaran en ella para que encabezara la lista de las mujeres brillantes y que ahora ya van varias de ellas las que ocupan la silla del poder Estatal en varias entidades federativas. No daban cabida a la idea de que una mujer iba a ser la primer mandataria del Estado de Colima al grado que, alguien tuvo la muy deslucida idea de ponerle un mandil a la estatua del Rey de Colimán en señal de burla; ella hizo caso omiso de esos aspavientos a los cuales no les dio la menor importancia y fue desarrollando programas de gobierno al grado que, con el apoyo del presidente López Portillo, se inauguró el segundo trienio de su gobierno con un vasto programa de obras que siguieron posteriormente con el siguiente gobernador que fue el licenciado Elías Zamora Verduzco quien ya contó con el apoyo decidido del colimense ilustre Miguel de la Madrid.

Se construyeron obras por todas partes y hasta un aeropuerto que guarda su memoria por el lado de Buenavista en el municipio de Cuauhtémoc. Debe haber sufrido muchos sinsabores doña Griselda y creo que el peor de todos fue el asalto bancario donde murió un pariente de ella, sin embargo, su voluntad de acero se puso de manifiesto inflexible ante las circunstancias.

Yo tuve la suerte de que me recibiera en varias ocasiones ya como ex gobernadora, teníamos largas pláticas sobre Colima y su historia y hasta hubo la oportunidad de que cuando yo era presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, en el auditorio de la presidencia de Colima se presentó el gobernador del Estado con doña Griselda del brazo y me dio mucho gusto presentarla al público; lógicamente respetuosa de lo que es el desarrollo de una sesión de trabajo esperó el momento oportuno y dejó salir una expresión que seguramente la estaba ahogando; dijo, “yo siempre he guardado mucho rencor por lo que le hicieron a mi bisabuelo el primer gobernador de Colima y la burla que cometieron con su cadáver”. Yo comisioné al Pbro. Jesús Urzúa a que le diera una explicación en base al Código Canónigo que espero le haya satisfecho.

Así el tiempo fue pasando y el afecto fue creciendo, aclarando que nunca pedí algo para mí, me daba mucho gusto que me dedicara horas completas platicando sobre la historia de su terruño: recuerdo que me enfatizaba, “cuando yo estaba pequeña, con alguna frecuencia mi papá me compraba vestido nuevo, me hacía estrenar todo un ajuar y en coche me llevaba a pasear por la calle Galván para que admirara los colgados que estaban los árboles”. Tiempos aquellos en que había muy poco respeto por la vida humana.

Ahora a 105 años de su nacimiento, con una suprema modestia hago un recordatorio de ella y aclarando que todo lo que tengo de su persona es el buen recuerdo de sus palabras que han ido creciendo con la lectura de sus libros y de sus sonetos.

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