Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Niño de la calle

En un trágico accidente a los cinco años predio a sus padres, la vida lo obligaría a desenvolverse, a madurar con rapidez, sin un oficio, sin la conducción de un adulto, los golpes de la vida lo guiarían sobre lo bueno y lo malo, Juanito solo contaba con un cajón para bolear calzado, única herencia que su padre dejó para él.

Dormía bajo el techo de la casa de sus tíos, los mismos que se encargaban de sus alimentos y darle donde dormir, olvidándose de su educación, poco duraría la tolerancia de aquel matrimonio, dos años para ser exactos, los malos tratos y el señalamiento que existía entre él y Ramiro lo obligó a salir de la casa, buscando el refugio de una banca de jardín o el quicio de una casa para resguardarse del implacable frío nocturno.

Juanito tenia ambiciones, metas en la vida que lo hacían soñar, a muy temprana edad comenzó a trabajar, se levantaba muy temprano con sus herramientas para dar grasa en los corredores de un jardín, en las oficinas que por su paso se encontraba, por las tardes acudía a la misma escuela donde estudiaba Ramiro su primo, pretendía superarse; mientras que Ramiro contaba con el apoyo incondicional de sus padres, niño grosero y voluntarioso, los dos crecían al mismo compas.

Juanito trataba de comportarse como aquellos hombres trajeados de las oficinas que visitaba para dar servicio a los calzados, el otro estudiante a muy temprana hora se reunía con la palomilla del barrio, jugaban, hacían travesuras en las casas vecinas, aquel bolerito al paso de la vida reafirmaba sus metas, aprendió que la vida era cruel y que sin una preparación no llegaría a ningún lado, tendría que salir de las calles para ser alguien, la adolescencia lo sorprendía, con las exigencias de cada etapa de la vida, ahora.

Para estudiar tendría que trabajar tiempos completos, así que decidió inscribirse en una escuela nocturna y de esa manera solventar los gastos que le exigía la educación que el ambicionaba, mientras que Ramiro cada día más se educaba en las calles entre drogadictos, borrachos y delincuentes.

Los padres confundidos, dando defensa a su crío, con desprecio mencionaban que su hijo jamás se compararía a Juanito, que el huérfano era un niño de la calle y que su hijo tenía un hogar donde vivir, al llegar la graduación de Juan recibiéndose de contador público, Ramiro con la misma edad, tendría que enfrentar a las autoridades por múltiples delitos.

El amor de padres en contadas ocasiones nos siega, perdemos la orientación de una buena educación, creemos que la protección y el proporcionarle a los vástagos todas las comodidades es rescatarlos de la educación callejera.

Un niño de la calle no es quien duerme en la banca de un parque, no es aquel que con su carita sucia busca el sustento de cada día, un niño de la calle es… quien se cría dentro de ella, entre drogas, alcohol y malos hábitos, puede dormir bajo techo con la dudosa protección de una familia, pero si la educación la toma de la vida callejera, sin duda es niño de la calle.

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