Primero de tres

El reciente domingo se realizó el primer debate de los cinco candidatos a la Presidencia de la República que organiza el Instituto Nacional Electoral (INE), una mujer y cuatro hombres, tres que lideran coaliciones y dos que participan en la contienda electoral en carácter de independientes.

El nuevo formato del primero de tres debates satisfizo a la mayoría de las y los mexicanos que escucharon propuestas, contraste de ideas, enfrentamientos y denostaciones, contribuyó a que se haya dado un  buen ejercicio democrático, aunque perfectible, sobre todo en tiempos asignados a la candidata y a los candidatos, pues en un minuto no se pueden abarcar las ofertas políticas, ni sintetizando éstas.

Según establecen los analistas y conocedores en la materia, los debates no se ganan, pero sí se pierden, y parece ser que, a juzgar por evidencias, ecos y resultados de los tres punteros, el que perdió más fue el que encabeza la mayoría de las encuestas, Andrés Manuel López Obrador.

Pero, ¿qué tanto importa los debates? ¿Pueden en verdad cambiar las preferencias electorales? E n la historia de México han habido solamente siete debates entre contendientes a la Presidencia de la República y, la verdad sea dicha, sólo el primero tuvo un impacto significativo en las encuestas.

Obvio es resaltar que las circunstancias de ese primer debate eran excepcionales: en 1994, México estaba en los albores de una gran crisis económica, se sentían vientos de cambio y el candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, acababa de ser asesinado en un acto público.

Al debate fueron su reemplazante,  Ernesto Zedillo por el PRI, Diego Fernández de Cevallos por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD. El feroz discurso del jefe Diego lo llevó a repuntar 14% en las encuestas, quitándole un 8% de las preferencias al PRI y un 6% al PRD. Hoy es otra historia.

Pese a que los debates no influyen en las encuestas y en revertir tendencias, tienen su importancia para y por la democracia, donde el del domingo no fue acartonado, aburrido ni carente de interés, y si es necesario declarar un ganador, aparte de los ciudadanos, sería José Antonio Meade,  pues se centró más en proponer. Para algunos, el debate será irrelevante y para otros crucial, y ésa es la virtud de la democracia: que cada quien se forme su propia opinión.

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