Hablemos de …

Batalla del 5 de mayo

Por Rafael Tortajada

El 25 de marzo de 1858 Juárez y su comitiva de ministros llegó a Colima huyendo del atentado que casi se consumó en contra de su vida en el palacio de Gobierno de Guadalajara Jalisco, cuando Landa defeccionó. Filomeno Bravo no quiso tener la responsabilidad de llevar históricamente la mácula sobre su cabeza de la muerte de un presidente y optó por dejarlo salir de palacio.

En forma por demás disimulada ocultaron al presidente y en su poderoso Cadillac de un caballo de fuerza o dos tal vez, tomó rumbo a la parte occidental de nuestro país y en el poblado que se llamaba Acatlán fue alcanzado por las tropas gobiernistas, solamente que ahí se encontraron con la novedad de que los pobladores de dicho lugar lo defendieron; hubo una balacera en la que inclusive hubo varios muertos y la comitiva presidencial pudo escapar rumbo a Estipac donde cumplió los 38 años de edad, los indígenas del lugar le hicieron fiesta.

De ahí siguió rumbo a Atemajac de las Tablas donde hizo contacto con Brizuela que se adhirió totalmente a las ideas liberales y ahora el pueblo se llama Atemajac de Brizuela en honor de este colimense distinguido, olvidado en Colima pero, en ese lugar es todo un héroe y hasta un monumento tiene. Pudo llegar dicha comitiva a Tonila y estuvo en dos casas, una que le conocen como «Del Parlamento» y la otra, donde ya pudieron dormir fue en la calle que lleva su nombre, «Benito Juárez».

Según dicen traía una diarrea terrible seguramente por la cuestión nerviosa ante la posibilidad de ser alcanzado por las tropas contrarias, un doctor del lugar se la detuvo y pudo llegar a Colima en la fecha que se cita al principio de este escrito. Aquí empezó a reorganizar su gobierno; Melchor Ocampo envió cartas a los gobernadores adictos a la causa dándoles indicaciones precisas y el presidente nombró al general Santos Degollado Ministro de la Guerra y jefe del Ejército Liberal, sin más elementos que los que le brindaba la buena voluntad presidencial.

Sabemos cómo salió de aquí después de una estancia placentera, sabemos también de su llegada a Cuyutlán y del incidente con el juez del lugar cuando un hombre de su guardia le tiró un balazo a un perico (esto lo cuenta brillantemente don Gregorio Torres Quintero).

Llegan a Manzanillo y ahí haciendo silla de manos, entre Melchor Ocampo y Juárez cargan a Guillermo Prieto y lo llevan a conocer el mar. Salen en el barco que ya conocemos rumbo al Istmo de Panamá, ahí mediante una libranza que logró le fuera aceptada a Matías Romero, pudieron hacerse de los pasajes para viajar en un ferrocarril que ya existía desde el 20 de enero de 1855 y así fue.

De su viaje a Nueva Orleáns y que luego después Juárez se desprendió para ir a ofrecerse como voluntario al campamento de Juan Álvarez en la zona del Estado de Guerrero y que fue atendido por Diego que era hijo del comandante en jefe, la huída del general López de Santa Ana que dejó el poder y nunca más volvió como mandatario; del grupo liberal que impulsó al presidente Comonfort y casi lo obligó a que se promulgara una constitución liberal más acorde con las necesidades del pueblo de México y que luego este presidente aguijoneado por el excesivo catolicismo de su mamá le dio miedo la excomunión de Pío IX y echó marcha atrás. Entonces Juárez le dijo «tú podrás cambiar pero yo no»; a Juárez que era Ministro de Asuntos Religiosos lo detuvieron unos días en Palacio Nacional y posteriormente el propio presidente lo dejó salir.

Ahí empezó su peregrinar, ahí fue el inicio de su presidencia itinerante que mencionamos desde el principio de esta narración. Gutiérrez Zamora, gobernador de Veracruz sostuvo

al indio de Guelatao en el puerto Jarocho y los impuestos que producía la aduana le dieron fuerza para sostenerse en la lucha. La iglesia por su parte apoyaba al Partido Conservador y éste con Félix Zuloaga como presidente de acuerdo al Plan de Tacubaya y posteriormente al general Miguel Miramón, se inició una lucha sin cuartel entre los hermanos mexicanos, aunque luchaban por partidos diversos sus creencias religiosas eran las mismas, todos eran católicos; sin embargo el pueblo armado al lado de Benito Juárez y guiado por generales que se hicieron en las batallas llegaron al poder.

En Zacatecas hubo un oficinista que con el tiempo, logró convertirse en un hábil estratega militar y en las ocasiones en que se enfrentó a Miramón que se le consideraba el invencible, el joven Macabeo lo venció tanto en Zacatecas como en San Miguel Calculalpan donde definitivamente quedó destrozado el ejército conservador y le dejó las puertas abiertas al presidente liberal para que ya pudiera gobernar en la ciudad de México.

Hecho esto y ante la ruina del país por tantos levantamientos armados y que debido a esto, no era posible que las fábricas trabajaran y el campo produjera, se tuvo que tomar la decisión de establecer un amor al pago de la deuda externa. Esto desde luego enojó terriblemente a los franceses principalmente, a los ingleses y también a los españoles. Debemos recordar que ya desde 1838 los barcos de guerra de Francia estuvieron anclados en la bahía de Veracruz tan sólo con el pretexto de cobrar los daños que ocasionaron unos soldados pasados de copas en Tacubaya y que en su desorden dañaron la pastelería de un súbito francés; el pueblo de México siempre atento a darle salida a las tragedias de nuestro país le llamó a ésta «la guerra de los pasteles».

Sabemos ya que en Europa existían enviados desde la época de Santa Ana, el señor José Manuel Hidalgo, José María Gutiérrez de Estrada y Juan Nepomuceno Almonte (este último hijo nada menos que del generalísimo José Ma. Morelos), que se desempeñaba en Francia como embajador de nuestro país. Estos partidarios de la realeza utilizaron el sentimentalismo de Eugenia de Montijo, una guapa española que estaba casada con el emperador de Francia, Napoleón III y lograron que este señor convenciera tanto a España como a Inglaterra y enviaron tremendas escuadras de guerra para cobrar una deuda que no se podía pagar porque no había con qué.

El general Manuel Doblado que conoció a Juárez a su paso por Guanajuato, fue comisionado como Ministro de Relaciones para enfrentarse en el terreno diplomático en un pequeño poblado que se llama Soledad y que ahora en su honor, tiene como nombre oficial «Soledad de Doblado», ahí pudo convencer tanto a los ingleses como a los franceses y estos enfilaron sus velas hacia sus países quedando como único invasor el ejército francés que venía a abrir la brecha para que los príncipes que ya habían sido designados para ocupar el trono del imperio mexicano.

Al frente de dicho ejército quedó el Conde de Lorences y desde luego ordenó la marcha rumbo a la capital mexicana. No contaba con que un conjunto abigarrado de patriotas que proporcionaron los diferentes estados de la República y formaron un grupo compacto para enfrentarse al mejor ejército del mundo y como el comandante que era el general López Uraga se quejó de que no era posible luchar contra esos modernos hijos de marte con tropas bisoñas, mal alimentadas y mal armadas. Juárez contestó cesándolo de su puesto y de inmediato ofreció sus servicios el que fuera ministro de la guerra, el joven general Ignacio Zaragoza quien de inmediato se trasladó a Puebla y empezó a organizar la defensa en los fuertes de Loreto y Guadalupe.

El día 5 de mayo por la mañana, los franceses tal vez un poco cansados por la caminata que hicieron a través de las empinadas cuestas de las cumbres de Maltrata y de que sufrían constantes ataques de las guerrillas juaristas durante el camino, no fueron lo suficientemente aptos para enfrentarse a los mexicanos y éstos conocedores del terreno los atacaron por todos los flancos con resultados brillantes.

Absolutamente todos se llenaron de gloria, pero las acciones más heroicas estuvieron a cargo de los generales: Ignacio Zaragoza, Miguel Negrete, Porfirio Díaz, Antonio Álvarez, Felipe Berriozabal y J. Lamadrid.

El resultado fue una brillante victoria y no porque militarmente lo hubiera sido, sino porque la fama mundial que tenían de ser los mejores soldados del mundo se quebró y se les perdió el respeto hasta en Vietnam que antes se llamaba Indochina, donde ellos tenían posesiones.

El general Zaragoza tuvo que contener a Porfirio Díaz que quería perseguirlos para rematar a los que ya huían del campo de batalla; poco después envió 2 telegramas, uno al Ministro de Guerra y otro al presidente Juárez en los siguientes términos:

‘’Excmo. Señor Ministro de Guerra:’’

‘’Las armas del supremo gobierno se han cubierto de gloria; el enemigo ha hecho esfuerzos supremos por apoderarse del cerro de Guadalupe, que atacó por el oriente a derecha e izquierda durante tres horas; fue rechazado tres veces en completa dispersión y en estos momentos está formado en batalla fuerte de 4 000 hombres y pico, frente al cerro, a fuerza de tiro. No lo bato como desearía porque, el gobierno sabe, no tengo para ello fuerza bastante. Calculo la pérdida del enemigo, que llegó hasta los fosos de Guadalupe en su ataque, en 600 y 700 muertos y heridos; 400 habremos tenido nosotros.’’

‘’Sírvase usted dar cuenta de este parte al ciudadano Presidente.’’

‘’Ignacio Zaragoza’’

‘’Los franceses se batieron como bravos’’

‘’Puebla, mayo 5 de 1862’’

Fragmento del telegrama enviado por el Gral. Ignacio Zaragoza al Sr. Presidente de la República, Benito Juárez, a las 19:03 hrs:

‘’Señor Presidente:

‘’Estoy muy contento con el comportamiento de mis generales y soldados. Todos se han portado bien. Los franceses han llevado una lección muy severa; pero en obsequio a la verdad diré que se han batido como bravos, muriendo una parte de ellos en los fosos de las trincheras de Guadalupe”.

‘’Sea para bien, señor Presidente. Deseo que nuestra querida patria, hoy desgraciada, sea feliz y respetada de todas las naciones.’’

‘’Ignacio Zaragoza.’’

Lo que siguió lo narraremos en otra crónica.

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