Vereda Anónima

Por Dalal El Laden*

 

“La biblioteca de Estardo”

Hoy, después de muchos años, releemos “Corazón”, de Edmundo de Amicis (1846-1908). En honor a esta obra que está en millones de corazones, transcribiremos “La biblioteca de Estardo”:

“He ido a casa de Estardo, que vive enfrente de la escuela, y he sentido verdaderamente envidia al ver su biblioteca. No es de manera alguna rica, no puede comprar muchos libros, pero conserva con gran cuidado los de la escuela y los que le regalan sus padres. Cuantas monedas le dan las pone aparte y las gasta en la librería; de este modo ha reunido ya una pequeña biblioteca, y cuando su padre ha advertido esta afición, le ha comprado un bonito estante de nogal con cortinas verdes, y ha hecho encuadernar todos los volúmenes en los colores que a él más le gustan. Así, ahora él tira de un cordoncito, la cortina verde se descorre y se ven tres filas de libros de todos colores, muy bien arreglados, limpios, con los títulos en letras doradas en el lomo: libros de cuentos, de viajes y de poesías, y algunos ilustrados con láminas. Él sabe combinar perfectamente los colores; pone los volúmenes blancos junto a los rojos, los amarillos al lado de los negros, y junto a los blancos los azules, de modo que se vean de lejos y presenten buen aspecto; luego se divierte variando las combinaciones. Ha hecho un catálogo, y está como el de un bibliotecario. Siempre anda alrededor de sus libros, limpiándoles el polvo, hojeándolos, examinando sus encuadernaciones: hay que ver con qué cuidado los abre con sus manos chicas y regordetas, soplando las hojas: parece que todos están nuevos todavía. ¡Yo en cambio tengo tan estropeados los míos! Para él cada libro nuevo que compra es una delicia abrirlo, ponerlo en su sitio y volver a tomarlo para mirarlo por todos lados y guardarlo después como un tesoro. No hemos visto otra cosa en una hora. Tiene los ojos malos de tanto leer. Estando yo allí, entró en el cuarto su padre, que es grueso como él, y tiene la cabeza como la suya. Le dio dos o tres palmadas en el cuello, y me dijo con aquel vozarrón:

-¿Qué me dices de esta cabeza de hierro? Es testarudo, llegará a ser algo: yo te lo aseguro.

Y Estardo entornaba los ojos al recibir aquellas rudas caricias, como un perro de casa.

Yo no sé por qué, pero no me atrevo a bromear con él; no me parece cierto que tenga solamente un año más que yo; y cuando me dijo: ‘Hasta la vista’, en la puerta, con aquella cara redonda, siempre bronceada, poco me faltó para responderle:

-Beso a usted la mano como a un caballero.

Se lo dije después a mi padre en casa.

-No lo comprendo: Estardo no tiene talento, carece de buenas maneras, su figura es casi ridícula, y sin embargo me infunde respeto.

-Porque tiene carácter –respondió mi padre. Y añadí yo:

-En una hora que he estado con él no ha pronunciado cincuenta palabras, no me ha enseñado un juguete, no se ha reído una vez y, sin embargo, he estado tan contento.

-Porque lo estimas –añadió mi padre”.

 

*ladendalal@hotmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *