Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Quince de mayo

El maestro Tomás antes de entrar al salón de clases, formaba una fila fuera del aula, sentado en su escritorio pasaba lista, según el alumno que nombrara iba tomando a su pupitre. Ese día del maestro, cada uno de mis compañeros le hacía entrega de un pequeño regalo, al mencionar mi nombre.

-Eduardo Lomelí-. Yo, cabizbajo y apenado solo respondí.

-Presente profesor-. Él, me miró. Y con una sonrisa en su rostro me pidió que tomara mi asiento. Todos le llevaron un presente, en mi bolsillo solo se encontraban cincuenta centavos. Antes de comenzar con la clase,  parado frente a nosotros recalcó con agradecimientos.

-Muchas gracias por los regalos, todos están hermosos y espero poder corresponder a sus muestras de cariño.

Yo me escondía avergonzado. Mi mano metida en el bolsillo jugaba con la moneda, no podía pasar por alto ese día, pero tendría que renunciar a mi recreo, el comprar un refresco, una paleta o alguna golosina. Una vez llegada la hora del receso al salir al patio de diversiones, todos los compañeros corrían al puesto de dulces. Yo miraba mi moneda, mi vista recorría el puesto de golosina, aquel carrito de paletas de hielo, mi boca pasaba saliva, volteando a ver al maestro Tomás dirigí mis pasos a la reja de entrada, mirando al conserje le pedí permiso para salir un momento, pero me fue negada la solicitud.

A una señora que se encontraba fuera de la escuela, le pedí el favor que me comprara un papel de estraza de la tortillería que se encontraba frente a la escuela, una vez con el papel en mis manos me dirigí al carrito de las paletas, compre un gansito congelado, lo envolví y me fui directo al salón de clases, ahí estaba mi profesor almorzando, al verme frente a la puerta me preguntó.

-¿Qué se te ofrece Eduardo?-. Yo respondí con una sonrisa.

-Le traigo su regalo maestro.

-Ha pues pasa, ¿a ver, qué me vas  a regalar?- Entré y extendiendo mi mano le entregué el papel de estraza.

-¡Huy que original! Jamás pensé que esto fuera mi regalo, eres muy creativo ¿lo sabias? Al temer que el regalo no fuese de su agrado, temeroso agachaba la mirada.

Él al percatarse de aquel sencillo pastelito congelado, me miró, sus ojos se llenaban de lágrimas, su mirada transmitía ternura, jalando mi pequeña cabeza a su pecho guardo silencio. Al retirarme de él se limpió la cara diciendo.

-¡Estoy sudando de la emoción!

-Pero yo me percate que sus ojos derramaban lágrimas.

-¿Y cómo sabias que estos gansitos son mis preferido? ¡mmmm  que rico postre acompañara mi almuerzo!-. Golpeaba mi barbilla con un pequeño puñetazo.

-Bueno, ya me voy  a jugar maestro. Mis piernas temblaban al igual que mi voz, la felicidad que sentía era plena.

-¡No, ven; te invito a almorzar conmigo! Me senté en una silla y le acompañé todo el recreo. Él no dejó de mirarme durante todo ese tiempo, nos convertimos en los grandes amigos.

Pero un cambio de domicilio me obligó a dejar la escuela, los años pasaron. Cuando ya era un hombre, volví a esa escuela preguntando por el maestro Tomás, alguien me condujo a la dirección. Él, ya era director. Una vez en la puerta de la oficina pregunté.

– Disculpe se encuentra el maestro Tomás.

-¿Quién lo busca?-. Preguntaba una maestra al pie de la puerta de aquella dirección.

-Eduardo Lomelí, a ver si me recuerda, dígale que fui su alumno-. Respondí un poco emocionado buscando a través del vidrio a tan apreciado maestro, la profesora me miraba con atención solo escuchamos una silla que se arrastraba en la oficina interior, al salir aquel maestro se paró frente a mí, me miraba de  pies a cabeza.

-Maestro ¿me recuerda?-. En sus ojos había emoción, quizás la misma que me abordaba a mí, al extender mi mano para saludarle jaló mi cuerpo hacia él y con un afectuoso abrazo me regalo estas palabras que jamás olvidaré.

-¡Y cómo olvidarte, si los gansitos siguen siendo mis pastelillos preferidos!

Un detalle tan pequeño puede marcar la diferencia entre el recuerdo u el olvido. Gracias maestros por sus enseñanzas, por la tolerancia y la amistad brindada.

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