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Muerte de Carranza

Por Rafael Tortajada

El día de ayer se cumplieron 98 años de la muerte de un norteño nacido en Cuatro Ciénegas Coahuila y que en determinado momento de la historia de México, representó la legalidad; trató de encausar la lucha revolucionaria en bases más éticos alejando la realidad de las masacres que se cometían, no sólo en los campos de batalla sino en las ciudades cuando eran tomadas por las facciones armadas y que se dedicaban a venganzas personales, cegando así cientos de vidas de personas que, sólo tenían el delito de haber pertenecido a otro partido.

Venustiano Carranza nació en 1859 en el poblado que se menciona y a decir verdad, él nunca tuvo necesidad de ser revolucionario debido a que era parte de una opulenta familia que habían luchado en contra de la intervención de Estados Unidos, cuando nuestro país perdió la mitad de su territorio como pago de guerra y que casi todo se debió a los malos manejos tácticos de un pusilánime que teníamos como presidente y que después todavía se hizo llamar su alteza serenísima; lo peor de todo, es que los partidos políticos lo consideraban un mal necesario y lo traían de donde se encontraba para que siguiera gobernando a su antojo. Época tremenda de vergüenza para México que se vivió en esos tiempos.

Carranza fue parte del gobierno porfirista y llegó a ser Senador, sólo que algunas desavenencias que mucho lo disgustaron lo hizo rectificar y se acercó aunque en forma muy tenue a su paisano Francisco I. Madero; nunca fue muy decidido en cuanto a su actuar y lo único trascendente que dijo cuando Madero en su triunfo hizo concesiones con los antiguos miembros del partido científico fue: “revolución que tranza, es revolución que se muere”.

Estuvo presente en Ciudad Juárez cuando la toma de dicha ciudad por las fuerzas de Pascual Orozco y Francisco Villa y que mucho le disgustó a Madero la forma tan salvaje como se habían comportado los soldados de la revolución para llevar a cabo la ocupación de la ciudad dado que, tuvieron que ir perforando las paredes de las casas, que además eran de adobe, para poder llegar a su objetivo. Cuando Madero reclamó que por qué habían desobedecido sus órdenes, Pascual Orozco le dijo “es que mis soldados ya estaban muy enchilados”. Existía un acuerdo tácito en que cuando se tomara una plaza y existiera como jefe de armas algún militar que hubiera tratado mal a los campesinos sería pasado por las armas; el caso se dio en Ciudad Juárez y para colmo fue el propio Madero quien salvó al jefe del sector militar porfirista y lo puso a salvo en el consulado alemán, cosa que enfureció a los revolucionarios.

En la antigua aduana que fue el primer edificio que alojó al presidente de la República emanado de la lucha revolucionaria, hubo una tremenda discusión entre Madero y Pascual Orozco; el de Coahuila le reclamó su proceder poco caballeroso y Orozco que era minero, gente de pocas pulgas, zarandeó al presidente fuertemente y le dijo “¡no chaparrito!, las revoluciones no se hacen con flores”. Un testigo presencial de ese hecho, platicó tiempo después que, a Madero se le vio el terror en sus ojos y a partir de ese momento y a pesar del valor que le infundían los espíritus que lo asesoraban ya que él era un consumado espiritista, ya no les volvió a tener confianza. Por eso, cuando llegó al poder en México lo primero que hizo fue licenciar al ejército que lo llevó al poder.

Todos sabemos que, “cuando Madero llegó hasta la tierra tembló” y es que cuando entró a la ciudad de México hubo un tremendo temblor y cientos de muertos, pero eso no disminuyó el entusiasmo popular por el héroe del momento que era él. Aislado de sus partidarios y con su hermano Gustavo que era un pillín de siete suelas que le empezó a ensombrecer su gobierno con un grupo de facinerosos que estaban a sus órdenes, don Francisco empezó a perder popularidad y el ejército manejado por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, empezaron a fraguar un golpe de estado y de inmediato se puso al habla con el general Félix Díaz, (sobrino de don Porfirio), con el general Mondragón que era un magnífico artillero y sobre todo con quien ha llevado el peso de la traición histórica, cierta o no, pero a él le cargan todo, me refiero al general Victoriano Huerta.

Llega un momento en que Madero y Pino Suárez, presidente y vicepresidente de la República, son tomados prisioneros y firman su renuncia como funcionarios (por lo tanto es falso lo que se dice que mataron al presidente y vicepresidente, puesto que ya no lo eran) y con este cuartelazo se desarrollaron 10 días de terror en la ciudad de México y que como consecuencia de eso se apilaban en grandes promontorios los cadáveres y eran bañados con petróleo y luego les prendían fuego, murieron muchos inocentes y más que todo los mirones que salían a ver qué pasaba.

El Senado nombró presidente de la República al licenciado Pedro Lascarían quien era secretario de Relaciones Exteriores y éste sólo esperó la llegada del general Huerta y le extendió el nombramiento de Secretario de Gobernación, el resto ya fue cosa de los senadores quelo ungieron como presidente de la República. De inmediato se giraron sendos telegramas a todos los gobernadores de los Estados dándoles a conocer la decisión tomada, que desde luego acataron excepto dos de ellos: Venustiano Carranza que era gobernador de Coahuila e Ignacio Pesqueira por Sonora; estos dos, osaron desobedecer al centro y no reconocieron la autoridad de Huerta.

Carranza fue más allá; se reunió con muchos amigos de él, rancheros norteños decididos y valientes y encerrados en la Hacienda de Guadalupe, ahí estructuró rápidamente un plan de batalla que actualmente se conoce como Plan de Guadalupe y en base a él, formó tres ejércitos, el de la división del Noroeste al mando del general Pablo González; reestructuró la división del Norte que jefaturó Francisco Villa y la del Noreste que estuvo al frente de ella Álvaro Obregón. De las tres la que tuvo los encuentros más sangrientos y que al final fueron decisivos para vencer al ejército federal fue la del Norte; la toma de Torreón y sobre todo la de Zacatecas hizo brillar el genio militar de Felipe Ángeles y le quebraron la espina dorsal al sistema federativo.

A pesar del enorme poder que tenía Carranza, nunca aceptó nombramiento alguno más que el de “Primer jefe del Ejército Constitucionalista”, con ese carácter estuvo gobernando. Pero, él veía la imperiosa necesidad de que el país debía encausarse por las vías legales, hacían falta estatutos jurídicos que le dieran una senda con mayor representación ante el resto de las naciones a este México que ya había sufrido mucho y que en esas fechas ya habían fallecido más de un millón de personas en los campos de batalla, otros de hambre en los desolados pueblos y qué decir la destrucción de vías de comunicación y de cosechas.

Cometió dos tremendos errores; uno de ellos fue el de aprobar que se deshicieran de Emiliano Zapata a como diera lugar y Pablo González le entregó 50 mil pesos al coronel Guajardo para que fuera la mano ejecutora y así llega el 10 de abril de 1919 cuando en Chinameca Morelos se escribe una de los episodios más tristes puesto que a mansalva asesinaron al caudillo del sur. El otro error tremebundo fue, querer imponer como presidente de la República a un casi desconocido embajador de México en Washington de nombre Ignacio Bonillas; a éste nadie lo conocía y el generalÁlvaro Obregón tenía interés en la silla presidencial.

Luis L. León, hombre de todas las confianzas de este sonorense, estructuró el Plan de Agua Prieta y con base en él, el 80 por ciento del ejército se dispuso a combatir a Carranza y éste no tuvo más opción que abordar un tren de los muchos con los que pensaba llegar a Veracruz donde el general Guadalupe Sánchez le había ofrecido protección. En Aljibes fue atacado por soldados obregonistas y ahí pudo constatar como el dinero puede más que el nacionalismo; observó como muchos de sus allegados agarraban las bolsas con monedas de oro y salían huyendo abandonando a su suerte al presidente. El general Mussel, había llevado con él a muchos estudiantes del Colegio Militar para que le dieran protección al presidente y éste le indicó que los devolviera, que era inútil el sacrificio. Él se internó por la sierra rumbo al estado de Puebla y fue atravesando pequeños poblados que ni siquiera existían en los mapas, hasta que llegó a una hondonada donde había un caserío y le dijeron que se llamaba Tlaxcalantongo.

Ahí el general Herrero le indicó que podía pasar la noche, pero éste en cuanto oscureció desapareció; a media noche, llegó un grupo de gente armada y al grito de “maten al barbón”, dispararon sobre la choza donde dormía el presidente, él ni siquiera tuvo tiempo de despertar, fue acribillado cuando soñaba acostado en el sueño con una silla de montar como almohada.

Su cadáver fue llevado a México y velado en su casa que ahora es un museo en la colonia Cuauhtémoc. Algunos generales mandaron ofrendas florales y las hermanas tuvieron el valor de echarlas por las ventanas hacia la calle. Siguiendo sus instrucciones fue sepultado en una modestísima tumba de un panteón de la capital de la República.

A su muerte ya había logrado que se promulgara una nueva Constitución, la del 5 de febrero de 1917 que se llevó a cabo en Querétaro. Dos años antes y bajo la presión de muchos generales de extracción campesina que deseaban el mejoramiento de la nueva clase formada por ejidatarios, también dictó la “Ley del 6 de enero de 1915”, con la cual se empezaron a repartir terrenos en México a los campesinos.

Así llega a su fin, un personaje que ahora sus restos se encuentran en el Monumento a la Revolución en la capital, frente a él está Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y su eterno e irreconciliable enemigo Francisco Villa.

Descansen en paz.

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