Hablemos de …

Maximiliano y Carlota llegan al puerto de Veracruz

Por Rafael Tortajada

 

Hace unos días se cumplieron 154 años que llegó al puerto de Veracruz la fragata Novara, traía como pasajeros distinguidos a Maximiliano de Habsburgo y a Carlota Amalia, hija del rey de Bélgica y que venían a enfrentarse a su destino engañados por aquellos conservadores, yo diría, malos mexicanos que fueron a pedirle a Napoleón III emperador de Francia, que les enviara a alguien para que gobernara este desdichado país ya que, desde el triunfo de las armas liberales en San Miguel Calpulalpan, cuyo ejército al mando del general González Ortega venció en definitiva al joven Macabeo (como así le decían al general Miguel Miramón); ahí terminó la famosa guerra de los tres años o de reforma pero, lo que nunca les gustó a los extranjeros fue que por carecer de medios el presidente Benito Juárez declaró una moratoria de dos años para empezar a dar los abonos correspondientes.

Los franceses que ya nos habían estado saqueando desde 1838 cuando anclaron frente al puerto jarocho, naves armadas para cobrarse los daños que le causaron a una pastelería propiedad de un francés y que, aunque no había responsabilidad oficial, ellos hicieron válida su protesta y esos famosos pasteles creo que han sido los más caros de la historia. Varios mexicanos se fueron a Paris a ponerse de rodillas ante Luis Napoleón que decía ser sobrino de Napoleón Bonaparte y ahí José Manuel Hidalgo y Gutiérrez Estrada, encabezaron el grupo donde iba el embajador mexicano ante esa nación que era el general Juan N. Almonte nada menos que hijo de don José Ma. Morelos y Pavón ¡qué vergüenza!.

El emperador francés después de barajar varios nombres para que vinieran a gobernar este desdichado país a cuyo frente del gobierno se encontraba un indígena, panzón y prieto, cuando lo que necesitaba era alguien que supiera gobernar científicamente; eso hizo que se fijaran en un junior llamado Maximiliano que era hermano del emperador del imperio austro húngaro y que era además una piedra en el zapato para él y vio la oportunidad de quitárselo de encima proponiéndolo. En un principio Maxi pidió que primero se llevara a cabo un plebiscito entre la población mexicana para saber si contaba con la aceptación popular; naturalmente que los conservadores llevaron a cabo ese famoso plebiscito y les llevaron los documentos firmados por una población de la cual cuando mucho el 3% sabía leer y escribir.

Se embarcan en la fragata que se menciona y antes de enfilar hacia estas tierras primero fueron a Roma para hablar con Pio IX el Papa de ese tiempo y firmaron un tratado que lo autorizaba a venir como emperador de los mexicanos. Así las cosas, ya vemos como llegó al puerto jarocho y no desembarcó el primer día, esperó al siguiente y ahí llevó la primer sorpresa desagradable puesto que recibió una muy fría bienvenida.

Después para dirigirse a la ciudad de México tomaron un ferrocarril que tenía solamente 22 kilómetros de vía y salieron rumbo a su destino; al terminarse las posibilidades de esta forma de viajar, pasaron a la pareja real a una carrosa, como los caminos estaban intransitables por efectos de las lluvias y la destrucción de la guerra por las facciones tradicionales que eran liberales y conservadores, era muy penoso el viaje puesto que el carrumaco caía a los hoyos provocando las molestias de los personajes reales.

Total, en la primer noche donde pudieron pernoctar tuvieron que untarle sebo en sus reales nalgas a Carlota para que mitigara su dolor; el viaje fue un desastre por la falta de caminos como ya se dice pero finalmente llegaron a la capital del país y se dirigieron al Palacio Nacional; resulta que, los colchones de las camas que les tenían preparadas tenían muchas chinches y no pudieron dormir, optaron por improvisar dos mesas de billar que estaban a la mano y cada uno de ellos pudo conciliar el sueño en esa forma.

La constitución del gobierno fue otro problema mayor puesto que, no tenía confianza en poner en los puestos claves a franceses y echó mano de varios mexicanos que se prestaron a trabajar con él; la razón era sencilla, el gobierno de Juárez nunca tenía dinero con qué pagarles el sueldo en cambio, con Maximiliano tenían quincena segura y hubo muchos mexicanos que se adhirieron al imperio como funcionarios, creo que el más notable de ellos fue don Teodosio Lares, hombre de preclara inteligencia y que se echó a cuestas elaborar toda la documentación del protocolo.

La iglesia a través del arzobispo de Puebla don Antonio Pelagio de Labastida y Dávalos, empezó a presionar para que le fueran devueltas las propiedades que Juárez le había incautado, Maximiliano eludió esa petición alegando que dentro del terreno legal estaba bien hecha esa decisión. El obispado ordenó que se cerraran las puertas de la catedral para que no pudieran entrar los franceses católicos a los servicios religiosos entonces, el general Aquiles Bazaine que era el jefe del ejército y quien no obedecía más que las órdenes directas del emperador de Francia, montó frente al máximo templo católico del país unos cañones, apercibiéndolos de que, de no abrir las puertas por la buena él las iba a abrir a cañonazos y no tuvieron más remedio que esas puertas dejaran pasar a todos los creyentes galos.

En un viaje que hizo Maximiliano a Cuernavaca quedó prendado de la belleza de un jardín que aún existe y que conserva el nombre de «Jardín Borda», fue atendido por el jardinero encargado de su cuidado que tenía una hija indígena morena pero con la frescura de la juventud, ella atendía al emperador y le elaboraba sus tortillas a mano que le gustaban mucho junto con los guisados de la región y a pesar de que ella andaba descalza, Maximiliano se prendó de ella, se llamaba Concepción Cedano «la india bonita».

Sucedió lo que tenía que suceder y resulta que sus viajes a Cuernavaca fueron muy frecuentes, eso daba espacio político para que fuera Carlota la que tomara las riendas del gobierno y se puede decir que cuando ella estuvo al frente de los negocios públicos, fue la única vez que los asuntos caminaron bien. Recibió la visita de un enviado del Papa que era Monseñor Meliá, persona de todas las confianzas del sumo pontífice y que tenía fama de nunca sonreír por lo severo de sus actos; trató de impactar a la emperatriz pero, ella había aprendido muchos trucos en el despacho de su padre y nunca le permitió que le hablara del asunto porque le desviaba la plática con otras cosas. El clérigo mencionado sumamente disgustado se fue a Veracruz, tomó un barco y se volvió a Roma.

Mientras el idilio de Maxi con la india bonita iba creciendo al grado de que salió embarazada ésta y aún a escondidas la llevaron a que diera a luz a un hospital que se llamaba De Guadalupe por estar cercano a la villa del mismo nombre; lamentablemente este infante murió a los pocos días ya que Maximiliano sufría de una enfermedad venérea que le habían infectado en Brasil y era la razón por la cual a Carlota nunca la tocaba para no enfermarla.

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