Un cuento a la vez

Eduardo Lomelí G.

 

El peso de la conciencia

Rubén vivía con un pasado que atormentaba su existencia, los remordimientos no lo dejaban, la conciencia golpeaba con severidad, su existencia todo era difícil al cargar sobre sus espaldas remordimientos imperdonables para él, ya que en su juventud dejaba en silla de ruedas a un hombre, al estrellar su espalda sobre las vías del tren, dejando a cuatro niños desamparados, privando de la vida a otro, dándoles el mismo futuro a dos pequeños más.

La fuerza implacable de su conciencia lo llevaba a estas torturas mentales.

Cierta noche, sus ojos cansados acariciaban el descansó, una pesadilla lo comenzó a atormentar, en aquel sueño, él jugaba carreras en sillas de ruedas, con algunos compañeros del barrio, un  paso a desnivel que recorría a diario camino a su trabajo era el escenario de aquella pesadilla, en aquel sueño tendrían que recorrer el pasadizo automotriz con un costal sobre los hombros, ese bulto representaba sus culpas, al descender en aquel subterráneo, brasas ardientes acompañadas de furiosas llamaradas esperaban su llegada en lo más profundo del túnel.

Un espejismo le mostraba al hombre tirado sobre los rieles del tren, al mismo tiempo se le rebelaba el cadáver de la otra víctima.

Al aproximarse al ardiente fuego un rostro con mirada macabra y los brazos abiertos lo esperaba.

Una risa aterradora le daba la bienvenida al infierno. La cara satánica entre mesclada en el fuego erizaba su piel, al voltear hacia atrás para prevenir a sus compañeros de sueño, el asombro fue aún más grande al percatarse que no eran los mismos que habían iniciado la competencia, si no sus víctimas que con desesperación extendían sus largos brazos para alcanzarlo, todo estaba en contra de él, tendría que enfrentar el rostro que lo esperaba bajo el puente.

Cuesta abajo sin poder detenerse trataba de gritar pero su garganta enmudecía sin conseguirlo, aquel calor infernal comenzaría a calentarlo pero de pronto y sin motivo alguno el fuego desaparecía.

Al voltear hacia atrás los hombres volvían a ser los mismos amigos con los que él había iniciado el sueño, la calma volvía a su cuerpo, al mirar la salida de aquel paso a desnivel, dos hombres los esperaban para dar el triunfo al que resultara ganador, con fuerza giraba las ruedas de la silla quería terminar con aquella pesadilla, el esfuerzo era gigantesco, así que para tomar impulso agachaba la cabeza impulsándose con fuerza, a unos metros de su llegada al levantar la mirada el asombro fue escalofriante, su cuerpo se bañaba de sudor.

Las personas que lo esperaban eran sus víctimas, corrían para encontrarlo. Él con la agilidad que te otorga el ser el protagonista del sueño, giró la silla, el rostro macabro avanzaba en su encuentro acompañado de las ardientes llamaradas que volvían a recobrar participación en la pesadilla, al detener su regreso los hombres lo abordaban exigiendo una explicación a su mala conducta.

-¿Por qué me quitaste la vida?-. Preguntaba el difunto sacudiendo sus cabellos.

-Préstame la silla con la que juegas, ya que me dejaste abandonado a mi suerte en aquellas vías-. Reprochaba el paralitico agarrándose de sus tobillos arrastrando su cuerpo por el pavimento.

Las agresivas llamaradas abrasaban su cuerpo paralizado por el miedo, sus quijadas se encontraban trabadas y su lengua inmóvil el rostro infernal no paraba de reír con una fuerza que cimbraba los infiernos.

Un fuerte grito que salió de su garganta despertó a la familia entera, pero su cuerpo se encontraba rígido sin movimiento.

¡Todo era tan real! que el juraría que sí estuvo en aquel pasadizo automotriz, sin poder recobrar el habla, ni el movimiento de su cuerpo solo con sus ojos desorbitados.

Mirando la oscuridad de la madrugada, su cerebro trabajaba pensando.

-Si voy a morir de un infarto que sea dormido-. Aceptando su destino cerró sus ojos esperando la muerte… o el amanecer.

El tiempo seguía su marcha sin dar tregua a sus arrepentimientos, las pesadillas eran continuas, el temor a ser sorprendido por un infarto en alguna de esas madrugadas de terror lo llevo a tomar una decisión, tendría que confesar sus culpas a alguien, sus creencias religiosas lo acercaron a un  sacerdote católico, al escuchar aquel pasado tan escalofriante el religioso no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban, en las palabras de aquel hombre se notaba el arrepentimiento.

Su mirada reflejaba la desesperación que su alma encerraba, pero el pecado era gigante y la penitencia tendría que ser de la misma magnitud para liberarse de ese pecado, un novenario completó de rosarios, y una promesa de por vida, solo eso rompería los lasos que lo alejarían de la boca del infierno en donde sus pies se encontraban sin duda alguna.

Él tendría que aportar una cuota económica a alguien que se encontrara desamparado, si esa persona por algún motivo prescindiera de su apoyo tendría que buscar a otro beneficiario, hasta el día de su muerte él está obligado a apoyar.

El tiempo corre, y los años pasan con rapidez aquellas escalofriantes pesadillas se comenzaban a alejar de él, la vida le daría la oportunidad una vez que el cumplía al pie de la letra la penitencia impuesta por el sacerdote.

En una noche lluviosa, fría y escalofriante, los remordimientos regresaban con más fuerza,  sentado al filo de su cama pensaba.

-Pero si he cumplido con mi penitencia ¿por qué no logro olvidar?

Pedía una señal para saber si estaba haciendo lo correcto, su cuerpo cansado se recostó sobre la cabecera de aquella cama de madera.

Sus parpados pesaban como plomo, sin poder evitarlo se quedó dormido, la pesadilla llegó a sus sueños.

Él caminaba por una calle desierta, la obscuridad de la noche lo acompañaba, las lámparas de los postes reflejan su silueta en el piso, su mente atormentada se escandalizaba con aquellas sombras.

Una enorme bola de lumbre se aproximaba por sus espaldas quería absorberlo, el comenzó a correr pero sus pies pesaban tanto como su pasado, el fuego cada vez se aproximaba más a él con gigantesca habilidad, sus ojos desesperados miraban buscando un refugio, las puertas de la cárcel de aquella población se encontraban abiertas, sin pensarlo se introdujo al lugar, al cruzar por aquellas puertas de diseño colonial se encontró con un pasillo al que no le miraba el fin, a los lados habían celdas, los presos miraban la desesperación de Rubén sacaban las manos entre los enrejados para poder detenerlo, pensando, en regresar volvía su mirada a la entrada pero el terrible fuego giraba como un enfurecido remolino, en las puertas de madera esperaba a su víctima.

La presión arterial de aquel cuerpo lleno de pánico con debilidad sintiendo el desmallo se tomó de las rejas de la celda más cercana, el hombre internado en la celda lo tomó de la mano, era su tío Antonio, un tipo que se encontraba prófugo de la justicia por homicidio, Rubén trataba de soltarse pero el tío Toni lo tenía bien sujeto.

-¡No hullas, enfrenta tus miedos! Podrás huir de las autoridades pero jamás de ti mismo.

-¡No puedo tío, es más fuerte que yo!

Respondía el pobre de Rubén, mirando el remolino que cuando giraba provocaba un sonido como el gruñir de una fiera rabiosa.

-¡Toma mi alma y enfréntalo! Yo estaré contigo.

Aquel hombre que le daba la seguridad, ya no era su tío, se transformaba en un anciano con mirada dulce pero decisión en sus palabras, el valor se comenzó a posesionar de él, al mirar a la puerta el gigantesco remolino se convertía en un gato negro que gruñía y destilaba espuma por el hocico, sus ojos miraban con odio al anciano y Rubén comenzaba a sentir como el alma de aquel preso se metía en su cuerpo, con un fuerte apretón de manos abandono al hombre de avanzada edad, regalándole una sonrisa comprometiéndose a triunfar en la batalla que lo esperaba, dirigió sus pasos para enfrentar al endemoniado felino, el gato comenzó a correr obligando a Rubén a ir a un lugar en donde se encontraba un cerro de rocas.

Dentro de la persecución el hombre miraba niños a su paso, y con fuerte voz decía.

-Vengan ayúdenme a enfrentar al diablo, ármense con piedras.

Los pequeños lo seguían, aquel gato estaba furioso aquellas rocas  provocaban el desequilibrio de los pies del hombre, se encontraba frente a frente con el gato negro que por momentos su rostro reflejaba los rasgos del Lucifer, los niños aventaban piedras al endemoniado animal, pero sus fuerzas eran casi nulas.

No hacían daño y algunas ni siquiera llegaban a su destino, solo provocaban la ira del maligno que gruñía con fuerza, sacudía su cabeza aventando la baba que salía del hocico y sus garras mostraban el coraje hacia aquel hombre que se escapaba del infierno, Rubén desesperado gritaba.

-¡No, así no!-. Tomando una gigantesca piedra la levanto a lo más alto que le permitían sus manos. Aventándola con coraje,  diciendo.

-¡Así! ¡Miren!-.Pero sus manos se detenían en un lazo que se encontraba colgado como si fuera un tendedero-. Siete caballos venían al rescate del endemoniado animal, él miraba con claridad los pecados capitales montados en aquellos corceles negros que despedían lumbre por sus ojos, la piedra que fue interrumpida por el lazó con un poco de suerte cayó sobre la cabeza del gato provocando que sus ojos se botaran de él, Rubén veía la cabeza desbaratada del felino pero también sentía como se aproximaban los siete pecados con rapidez hacia él, dentro de su sueño algo le decía que tendría que morir el gato para que los caballos detuvieran su carrera, con desesperación pedía el fin de aquel animal, el endemoniado dirigía su cabeza en dirección Rubén, mientras que sus ojos colgaban dejando los orificios de su cara vacíos; escasos metros faltaban para que lo alcanzaran los caballos en el momento que una mano lo alcanzaba el gato negro perdió la vida.

Los jinetes caen con todo y animales, la lumbre que salía de aquellos ojos desapareció y así todos sus perseguidores.

El corría por aquella calle gritando con júbilo.

-¡Me he liberado!  ¡Ya me liberé!

Aquel cuerpo que reposaba sobre la cabecera de madera comenzó a sentir una paz que muchos años atrás no había disfrutado, su arrepentimiento era sincero.

Cuando se disponía a devolver aquella alma prestada por el anciano de mirada dulce, el sueño se esfumo, no alcanzó a llegar. Sus ojos se abrieron, su vida cambio desde ese día, sin abandonar la penitencia, sigue viviendo. Y en algún lugar del mundo, alguien recibe el apoyo de Rubén.

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