Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Señalada por Dios

Al contar esta historia me erizo de la piel, son de esos momentos que muy poco se dejan ver y quien no los valora deja un gran vacío en su corazón.

Esto es lo que narra María Guadalupe Lomelí como experiencia de vida, al preguntarle cuando miro la cicatriz sobre su mano que marcó su existencia, con un doloroso pero  hermoso recuerdo.

Cuando tenía 6 meses de vida, lo tengo muy presente mi papá y mi madre se disponían a desayunar en un puesto de tortas ahogadas en Guadalajara, dicha vendimia se encontraba muy cerca de las vías del tren, durante el camino aquel vaivén del auto me arrullaba, sin remedio me quedé dormida; pues como no, si solo tenía medio año de nacida, cuenta mi padre que estacionó  el carro a un lado del puesto, se sentaron a disfrutar de su almuerzo jamás contaron con que el tren no tardaba en pasar, mi mamá y él  disfrutaban de su torta dejándome dormida dentro en el asiento trasero, solo la ventanilla quedó abierta, cuando de pronto se escuchó un ruido insoportable, mis oídos se lastimaban y mis nervios se alteraban, el tren venía sonando con tanta fuerza que me despertó, el instinto de salvación hizo acto de presencia en mí, me levanté y con un fuerte impulso salí por la ventana del automóvil, dice mi papá que él corrió para agarrarme pero yo iba en el aire, él traía un cigarro en la boca, mi mano pegó en esa brasa pero con el susto ni cuenta me di cuando se lo apagué, lloré porque el tren me espantó, en ese momento no sentí nada de aquella quemadura.

Hasta después de un rato mis padres se dieron cuenta porque me revisaron la mano, la ampolla se encontraba como globo llena de agua, al llegar a casa mi madre me curaba con pasta de dientes y mi papá se invadía de remordimientos pensando en lo que hubiese podido suceder.

Mi tierna piel, se encontraba avejigada, con el paso de los días, que mi mamá me estuvo poniendo pomada notó que lejos de que se hiciera una huella circular en la cicatriz como sería lógico, se  estaba formando una cruz. Sí una cruz que me acompañara hasta el día que muera.

El incidente lo recuerdo pese a mis seis meses de nacida, si solo el ruido ensordecedor y cuando me aventé por la ventanilla, fue un gran susto ahora lo analizo y me llena de emoción el darme cuenta que en ese momento Dios puso sus ojos en mi pequeña persona, quedé señalada por Dios el resto de mi vida. Y eso es algo que me llena de alegría aunque me haya asustado tanto.

La inocencia de un niño tiene el poderío que Dios otorga a sus pequeñas criaturas.

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