Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Cero y van tres

Uffff los pagos de un esfuerzo de muchos años.

Cinco años atrás un joven de edad adolescente tocó a mi puerta, la desesperación que existía en sus ojos me conmovía. Al abrir la puerta pregunté.

-Qué se te ofrece amigo-. Con voz angustiada respondió.

-Su ayuda señor, soy drogadicto, alcohólico a mis 16 años, quiero dejar el vicio pero no sé cómo, alguien me sugirió que lo visitara que usted tenía un programa de superación personal y que podría ayudarme.

-Sí, en efecto joven. Te invito a jugar a ser famosos ¿te gustaría participar? la vida tiene muchos juegos, nosotros elegimos cual nos gustaría practicar-. Aquel muchacho miraba mis ojos; en su mirada se podía notar la desesperación que le provocaba la situación que vivía, fueron varias platicas las que sostuvimos, tratando de sembrar en él la idea que el arte solo podría alejarlo de ese infierno de las adiciones, la última vez que nos vimos, le regalé una de mis obras, “Hasta la última gota de su sangre”. Él lo miraba y con cierta emoción regresaba sus ojos a mi preguntando.

-¡De verdad usted lo escribió!

-Sí muchacho, léelo y me das tu opinión-. Respondí esperando que mis pláticas hubiesen servido de algo en él. Al despedirse me comentó.

-Voy a cambiar don y un día, escribiré un libro como el de usted.

Los años pasaron no volví a saber de él, la idea que llegaba a mi mete era confusa ¿en realidad entendería el mensaje? ¿Mis palabras dejaron huella en el joven? Todo se quedaría en el aire, sin respuesta.

Hoy tocaron la puerta de mi casa, al salir un hombre de aspecto humilde me saludaba amistoso.

-¿Cómo esta don, no me recuerda?, preguntaba con una sonrisa esperando mi respuesta, yo lo miraba tratando de recordarlo.

-Soy su amigo, el vicioso. Ya me curé y escribí un libro, solo que lo traigo en una libreta y quiero que me ayude a editarlo, cuando me fui de aquí con su libro, lo leí y me refugié en él, cuando tenía la sensación de volver a caer en mis vicios, corría y tomaba su obra, me decía a mí mismo, si él pudo yo también. ¡Ya no me drogo, de verdad señor!, su libro fue mi mejor terapia.

Yo no daba crédito a lo que escuchaba, aquel joven desorientado con una sola ley en la vida, sus razones. No existía nada más que eso.

-Tomé la libreta.

-Te felicito, no esperaba menos de ti amigo-. Lo felicité, le di aun abraso afectuoso comprometiéndome con él a continuar con el trabajo de cinco años atrás.

Me mostró su texto, y lo ayudare a la edición, presentaremos la obra, digna de un guerrero que se enfrentó a sus propias acciones y debilidades, cero y van tres… que dejan atrás los vicios gracias a la obra “Hasta la última gota de su sangre”. La literatura la mejor terapia para los males callejeros.

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