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Semillas benditas

Por Rafael Tortajada

Viene a mi mente épocas pasadas en las que privaban siempre costumbres prístinas y bucólicas, sencillas, llenas de inocencia pero, con un gran sentido filosófico que hacía funcionar la vida del campesino y a pesar de su aparente inclinación a las cuestiones religiosas, le servían para preservar su tradición, ésta sólo la ha ido matando el cambio de vida en el campo mexicano que ahora está tan abandonado.

En alguna ocasión, creo que conté los quehaceres previos que el campesino llevaba a cabo antes de la preparación de su tierra; nos la pasábamos viendo el cielo y esperando con ansiedad las primeras aguas de mayo (de ahí se deriva el que fue famoso dicho ranchero que “te espero como agua de mayo”), porque antes llovía a principios de ese mes y ya para el día 15 que es el día de San Isidro Labrador, los terrenos se encontraban ya húmedos y listos para ser roturados por instrumentos de labranza que eran los arados de fierro, de aquellos que se manejaban a dos manos porque tenían dos manceras en la parte trasera, un timón curvo hacia la parte de adelante y al final una nariz con varios hoyos que se servía para calcular el grado de penetración que la reja debía llevar en la tierra.

Con antelación había personas con interés en conservar su empleo como gañanes y se presentaban a las casas grandes donde sus propietarios lo eran a la vez de grandes extensiones de terreno y contaban además con gran número de animales, regularmente bueyes listos para ser uncidos al yugo y de ahí se derivaba su trabajo auxiliando al humano para el primer “fierro” que se debía dar a la sementera.

Las coyundas que eran unas tiras más o menos de unos 5 centímetros de ancho y de unos 2 metros de largo que servían para fijar firmemente el yugo de madera en el testuz del buey, éste no tenía más remedio que aceptarlo porque ese era su destino, para eso fue criado y formado desde el momento en que lo castran para que pierda sus bríos y no gaste esfuerzos en la monta de hembras. De su mansedumbre nace otro dicho ranchero que dice: “el que por su gusto es buey, hasta las coyundas lame”, y es que algunos, efectivamente la lamían porque seguramente necesitaban sal en su organismo y se la sacaban a las tiras de piel que, con el constante uso quedaban impregnadas de sudor y el animal no tenía más remedio que obtener de ahí esa preciosa especia.

Parte de lo anterior viene a mi mente porque el día de San Antonio se acercaban a bendecir sobre todo semillas de maíz escogidas, digo de maíz porque ha sido el alimento principal del pueblo de México por lo tanto, era esta gramínea la que más se sembraba antiguamente y en esa cultura crecimos muchos ; las semillas de maíz ofrecidas en el templo en busca del agua bendita que el sacerdote les enviaba, tenían un fin determinado; algunos campesinos pasaban por ellas, en otras ocasiones algunas señoras esperaban el paso de los labradores a la vera del camino y se las ofrecían, estos transbordaban celosamente y tenían el cuidado de dividirlas en cuatro partes para sembrarlas en los cuatro puntos cardinales de la tierra o parcela, en esos puntos estratégicos se tenía la fe de que serían respetadas sus sementeras por los huracanes o vendavales que siempre amenazaban año con año.

Cuando esto sucedía y se lograba una buena cosecha la cual se veía venir desde que ya brotaban los elotes en la planta, se escogían los mejores para regalarlos a aquellas señoras que habían confiado llevándoles esas semillas que habían recibido la bendición divina y que, dada las circunstancias habían cumplido con su cometido.

Otros de los privilegios que tenían aquellas señoras que en ocasiones acompañadas por pequeños hijos era que, cuando llegaban las carretas jaladas por los mismos bueyes y que venían llenas de mazorcas de maíz, unas aún cubiertas de hoja y otras ya perfectamente peladas. Decía, esas semillas que se citan, tenían el primacía de ser quienes acarrearan del lugar donde vaciaban el maíz hasta la troje donde se guardaría, consistía en innumerables viajes con unos chiquigüites hasta que finalmente terminaban con todo el producto que se había acarreado desde el campo al hogar; cuando el maíz ya estaba pelón, se procedía a desgranarlo utilizando una rueda de más o menos 80 centímetros de diámetro, se trataba de olotes parados amarrados con un cincho y cuyo nombre general era olotera, en su superficie se iban turnando las dos manos con la presión suficiente para que fueran soltándose los granos y sólo quedara el olote, y así, hasta que se lograba cumplir con el deseo del patrón de desgranar todo su maíz. En el otro caso cuando iban las mazorcas cubiertas de hojas, se procedía a pelarlas auxiliados con un pizcalón, ya fuera de hierro o de hueso y con mucha habilidad se lograba quitar el forro de esas hojas que la naturaleza cubre con ellas a la mazorca.

El conjunto de hojas llegaba a ser de grandes dimensiones y su función era esparcirlas en los corrales para que de ellas se alimentaran los bueyes que estaban en descanso, entre ellas casi siempre iban también algunas mazorcas aunque de menor tamaño llamadas “moloncos”, para que el animal restituyera sus fuerzas perdidas en tan duro trabajo que le era encomendado en el campo.

Estas costumbres ya se perdieron, y se perdieron porque ya no son necesarias; ahora, la maquinaria moderna hace todo lo que la mano del hombre antes podía, el barbecho ya es muy fácil por la potencia de los tractores que jalan sus arados; la cruza de la tierra tampoco es problema puesto que la arrastra de los discos que sean y desmenuza totalmente los terrones; la siembra tampoco lo es puesto que, el tractor también ala un arado de doble vertedera que deja perfectamente formado el surco y lleva como aditamento una sembradora que todo lo va haciendo en el mismo paso; las siguientes labores como son la primera y segunda escarda, también se hace utilizando el tractor.

En síntesis, el trabajo del hombre que antes lo hacía que se arraigara a su tierra considerándola como su hijo y que la cultivaba con amor, ahora ya se perdió porque no tiene necesidad ni siquiera de ir a ver cómo están quedando las labores, el tractorista se encarga de todo. A pesar de todo, creo que no es pérdida de tiempo el recordar esas épocas en que el campesino acariciaba la tierra, a puños la tomaba para saber el grado de humedad que tenía y la desmenuzaba con sus dedos. Benditos tiempos y costumbres que ya se fueron.

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