Vereda Anónima

Por Dalal El Laden

 

Bekaa: más de un valle*

 

 

Ghaza, El Valle del Bekaa, 15 de julio de 2016.

 

“Este calor no es normal”, dice mi amiga, intentando cambiar el tema luego de salvarnos de un gran choque, sin embargo, al ver mis ojos, continúa: “Tranquila, así manejan aquí y debemos responder de esta forma porque, si no, nos matan. Manejo desde hace más de veinte años y no deja de sorprenderme esta locura. Aquí no respetan ninguna ley de tránsito… simplemente no existe para nadie. Te ven cruzar y, lo has visto, aceleran más. Para salvarte, además de estar muy pendiente, de ver para todos lados, tienes que usar mucho la corneta, hasta cuando no la necesites”.

Mi amiga habla y le presto atención, mas mi temor -ahora mezclado con la melancolía- me lleva a interrumpirle con una sonrisa nerviosa, señalándole -con mi mano derecha- mi oreja izquierda, y ella lo entiende: en la radio está sonando Edith Piaf. “También amo esta canción”, dice mi amiga, quien tampoco disimula su melancolía.

Seguimos nuestro camino a Anjar, donde comeremos. Nos detienen interminables ovejas. Apuradas, cruzan y cruzan y el terror -el mismo que hace minutos vivió en mis ojos- es el protagonista de sus miradas. Los carros detrás de nosotras empiezan a desesperarse e inicia el concierto desenfrenado de una y otra y otra corneta. Una camioneta roja se adelanta y mi miedo aumenta al imaginarla aplastando a las ovejas.

-¡Las va a matar!

-Tranquila, no les pasará nada, ellas son muy inteligentes, ya están acostumbradas al trato de estos humanos inconscientes.

Seguimos nuestro camino a Anjar, donde comeremos, aunque no siento hambre.

-¿Estás más tranquila? Mira, por aquí siempre se para un niño con su perro hermoso, un lobo de ojos azules, increíblemente azules. A veces los acompaña un señor, supongo que es el papá del niño. Lo que más me impresiona es que el señor tiene los mismos ojos del perro. Espero que hoy también estén todos, para que los conozcas. Nunca he visto un azul igual.

Ahora no suena en la radio, pero sigo escuchándola: “Más azul que el azul de tus ojos, no veo nada mejor… Si un día decides irte y me dejas, mi destino cambiaría por completo, definitivamente”.

-¡No están! ¡Qué extraño que hayan dejado esto solo! ¡Cualquiera podría llevarse los pepinos! Mira, son orgánicos. ¡Qué bellos están! Es la primera vez que paso y no los veo. Esto está rarísimo. Vamos a esperar unos minutos, para cuidarles las verduras. No han de tardar en regresar.

-Por allá viene alguien cargando un perro y les sigue un niño.

-¡Oh! Son ellos. ¡Es el señor y tiene al lobo en sus brazos!

Caminamos hacia su encuentro. Me detengo en un aviso: UNHCR The UN Refugee Agency. Y luego en otro -en el que está dibujada la bandera de Siria- que dice: UNICEF Unite for children.

-¿Qué pasó? -pregunta mi amiga.

-¡Fue una camioneta roja, ¡una camioneta roja!, ¡fue una camioneta roja! -el señor y su hijo, hundidos en su llanto, repiten estas palabras con el mismo desenfreno de las cornetas, sin dejar de ver el cuerpo indefenso, sin vida, de su lobo-. ¡Iba a toda velocidad! ¡Lo vio y no frenó! ¡Lo atropelló y no se paró! ¡Fue una camioneta roja! ¡Una camioneta roja!

De regreso a este carro, el silencio me dice que mi amiga está manejando, pero que realmente no está manejando: su vehículo automático, conocedor de su rutina, nos sigue conduciendo a Anjar, donde no comeremos. No hay palabras ni para decirle a esta máquina que nos regrese a Ghaza. Quizás las lágrimas -en nuestro vano intento de que ya no bajen- nos harán ver hacia arriba, para recordar nuestra canción y alcanzar a notar un poco de azul.

 

*Del libro Bekaa: más de un valle (Producciones Vavos, 2017), de Dalal El Laden.

http://dalalelladen.blogspot.com

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