Vereda Anónima

El agua tibia

Por Dalal El Laden

 

“El agua tibia”*, por Federico Vegas:

La madrina del equipo llegó al desfile con tacones demasiado altos, entre derechita y tambaleante, rosada por el maquillaje, la pena y el calor. Tenía falda escocesa, una blusa blanca de algodón y un prendedor con dos coquitos de esmalte azul. Al terminar el desfile se movió muy poco, no hacía más que sonreír y cruzar los brazos mientras le acercábamos vasos de refresco cuidando de no salpicarla con nuestro sudor.

Era preciosa. Despedía un aroma de talco y caramelo, y controlaba la luz con las pestañas; con sólo entrecerrarlas le salían destellos de luminosidad. Si le hablábamos, nuestros labios recibían su calor y se adormecían con cosquilleos que nos hacían gaguear. Si nos miraba a los ojos, seleccionaba uno a la vez y nos dejaba bizcos tratando de acertar con los de ella. Los coquitos de esmalte estaban casi prendidos a su piel y bailaban cada vez que ella suspiraba. Me concentré en la blusa y pude ver cómo sus pechos crecían esa tarde, compitiendo uno con el otro.

Casi al final del partido, alguien le manchó de pastelado el borde de la falda escocesa. Ella miró sorprendida y tristísima la mancha derretirse. El culpable fue castigado con varios coscorrones y partieron emisarios por una botella de soda y un paquete de Kleenex. Cuando ella se inclinó a frotar la huella de mantecado, eran tan suave su restriego que parecía bordar brocados en la tela, pero el halo blanco seguía en el sitio y se hundía más y más en los pliegues de lana. Nuestra madrina decidió doblar el borde de la falda y ese giro nos mostró la rodilla derecha, sin acordarse de que allí aguardaba un reciente raspón. Esto la confundió, y tantos esfuerzos e indecisiones suscitaron que una pequeña gota de sudor le descendiera desde el muslo. ¿Dónde se originaba y por qué se deslizaba con tal lentitud? Esta pregunta fue tan vital y profunda que comenzó a salirme sangre por la nariz. Me fui solo a los bebedores del colegio a observar con devoción en un pañuelo prestado la evidencia desmedida de mi primer amor.

Este lejano recuerdo de mancha, raspón, falda, mantecado, gota y rodilla, no es inquieto ni difuso; siempre se despierta lozano y sin esfuerzos. Nada lo precede, llega gustoso al sitio que tenía predestinado y allí permanece, cómodo y tranquilo. Ajeno al desorden de los años, se presta risueño a mis exámenes e ilusiones, puedo retomarlo cuando quiero y ajustarlo a mis nuevas obsesiones.

Esa noche todos soñamos con ella y de lunes a viernes cada uno fue contando su propio sueño o inventando uno nuevo: Pérez Iturbe le tiraba una piedra; Chumaceiro la encontró ahogada en la bañera de su casa; Pacheco la tenía sentada a su lado en un pupitre de nuestra clase; Delfino la vio pasar gateando desnuda. Mi sueño era el más tonto, infantil e inconfesable: un hechizo la convertía en una bella durmiente con más años y más cuerpo, y al contrario de los cuentos y las historias de amor, ella seguía durmiendo y envejeciendo cuando logré despertar.

Puede que este sueño cristiano que anticipaba la decadencia de la belleza me facilitara las cosas; el caso es que yo, que en el equipo de fútbol nunca fui gran cosa, logré conversarle mientras me quedaba, como siempre, sentado en el banco durante el partido. Así llegué a ser, para mi propia sorpresa, el novio de la madrina.

Al mes y medio nos dimos los primeros besos en el cine. Cada uno me tomaba un gran esfuerzo. Ella exigía que el paso del besito tierno de cachete al lenguazo desatado fuera gradual y ceremonioso; si no era así, se ofendía por el resto de la película. Debíamos seguir un procedimiento de aproximaciones sucesivas tan elegante y parsimonioso como un vuelo en planeador. Si trataba de apresurarme, ella cerraba los dientes y alguna vez hasta me mordió la lengua. Si la dejaba de besar antes del tiempo reglamentario, se quedaba tiesa y había que seguir pegado hasta que recobrara el sentido, aun con el cine ya vacío.

Quince días después llegó la vacación de Semana Santa e iniciamos una seria de sesiones intensivas en el club Camurí Grande. Ella imponía una secuencia: caminar a lo largo de la playa en la mañana, visita a la balsa nadando, almuerzo con su familia, siesta en las sillas de extensión con revistas en la barriga, algo de playa oceánica y baño de piscina entre las cuatro y las seis de la tarde.

Ya en la piscina, el truco consistía en aprovechar el paso de los nadadores para que el tímido oleaje nos permitiera una caricia imperceptible bajo la línea de flotación. Cuando las aguas amenazaban con calmarse, nos fuimos detrás de una caseta más allá del trampolín grande. Su traje de baño era de los últimos modelos completos, blindado con tela gruesa como de bote inflable, con pinzas y amarras. Parada y llena de goticas brillantes, ella era mucho más bella y yo tenía ocho partidos, dos meses y tres horas deseándola.

Primero nos tocamos con los labios y con los dedos de los pies, como dos arcos unidos por las puntas. Requería equilibrio unir a la vez dos extremos tan distantes. Cuando traté de aflojar la tensión y pegué otras partes de mi cuerpo a su cuerpo, sentí sus muslos contra los míos y me estremecí. Había tanta piel que creí estar besando una gigante. Abrí los ojos , lo cual estaba estrictamente prohibido en su manual de instrucciones y, apenas me sorprendió mirándole la piel del cuello, se crispó y tuve que volver a la piscina para otra larga sesión de remojo.

Desde lo más llano me distraje mirando a las cargadoras secar a los niños con paños inmensos. Vi revistas y vasos de cartón volar con las últimas brisas de la tarde, y ya con pocas esperanzas quité mi cara de arrepentimiento y logré un dejo de arrogancia. Causó efecto. Ella dejó de dar brinquitos en el agua practicando pasos de ballet y empezó a chapotear a mi alrededor. Cuando me pasó flotando muy cerca y su cabellera se deslizó como una medusa por mi barriga, supe que podíamos retornar a nuestro escondite. Era el último chance antes de la puesta de sol, teníamos los dedos demasiado arrugados para seguir metidos en la piscina.

Le acaricié el cuello y cerré los ojos con vigor. Fuimos juntando, ya con más noción de nuestras escalas, bocas y dedos de los pies, hombros y rodillas, brazos y muslos, y así fue cómo por primera vez quedamos totalmente adheridos. Por fin mi erección se extendía a todo mi cuerpo, y al suyo, y dejaba de doler.

Mientras la estrechaba, comenzó a brotarle por los pechos, por la barriga y el vientre, un agua tibia que se derramaba entre los dos y se deslizaba en el interior de mi traje de baño. Mientras más la abrazaba, más agua salía de aquella fuente infinita y melosa.

El deleite me aleló y respiré por la boca, también estaba terminantemente prohibido con su fórmula insistente:

—Traga saliva y respira por la nariz.

Pero esta vez la saliva era dulce y me dejó lamerla y respirar con la boca abierta olvidando sus normas.

Un salvavidas que venía cargado de paños y colchonetas puso fin a nuestro beso y nos fuimos a vestir para la película de las siete. Yo estaba feliz, tan feliz que no podía enfocar ni quitar la sonrisa de idiota. Había sido bautizado. Nada de lo que había leído, visto en películas o me habían contado, se aproximaba a mi nuevo beso de riachuelo y escalofrío.

En la cola para el cine, rodeado de viejas y de las mismas cargadoras y niñitos, la abracé por la espalda y le dije en secreto:

—Mi vida, esa agüita que te salió, ¿de dónde viene?

Ella apenas movió los labios y me respondió como en clave:

—Las copas.

Pasé un buen rato en la oscuridad del cine dándole vueltas al significado amoroso, anatómico o fisiológico de la palabra “copas”. Reviví la escena cien veces, hice varios diagramas mentales y no lograba encontrar un lugar para la palabra “copas”. Fue a mitad de la película que brotó de mi escaso archivo el recuerdo de algún comentario de mi madre, o quizás de alguna tía, y entendí entonces que el secreto de aquel manantial maravilloso estaba en las copas de su traje de baño anaranjado. Llevarían allí horas de precalentamiento y ya se habría evaporado el cloro y adquirido la fragancia de sus senos cuando nuestro abrazo la derramó por entre las comisuras de nuestros cuerpos aferrados.

Pensé explicarle lo que había sentido e imaginado, decirle de rodillas que veneraba aquella agua bendita, aquel orgasmo epidérmico, viniera de donde viniera, como un presagio casual de otras aguas más profundas y cálidas, pero me arriesgaba con tantos ímpetus a asustarla y perderme los besos de lo poco que nos quedaba de película y de noviazgo.

Inicié nuestro progreso de rigor. Miré su perfil y su boca entreabierta atenta a los gestos de los actores; doblé el brazo con cierto esfuerzo y comencé a jugar con su cuello. Avancé muy poco. Algo no estaba funcionando y sentía lo mecánico de mis caricias, mi mano se movía con impaciencia y torpeza. Un misterio se dilucidaba con urgencia y yo no quería enfrentarlo. Empezaba a entender que mi novia era como el agua tibia que había brotado esa misma tarde, deliciosa al envolverme, sosa e insípida al calmar mi sed. Con el tiempo he aprendido dos cosas: las búsquedas infantiles son tibias justo antes de acertar. El amor tiende a resolverse en la humedad.

Me gustaría verla otra vez, encontrarla en alguna piscina sin otro testigo que algún salvavidas soñoliento. La imagino nadando disciplinada con tablita, gorro y los años que tenía cuando desperté de aquel primer sueño. Sería tan grato conversar sobre todo lo que hemos vivido a partir de aquella agua derramada.

 

*De su libro “Los peores de la clase” (páginas 49-54).

ladendalal@hotmail.com

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