Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Tres caídas

Con una corona de espinas lastimando tu cabeza, con un látigo muy cruel azotaban tus espaldas, con sonoras carcajadas escupiéndote la cara, liberando un criminal a muerte te sentenciaban, en una casa traidora una cruz se preparaba. Entre una multitud enardecía pasabas, te iban a crucificar y tú no decías nada.

La primera caída llegó por una calle empedrada, tu cara pegó en las piedras y la cruz sobre tu espalda, te vi besando la tierra abrasando sus entrañas, con látigos en tu cuerpo querían que te levantaras, a la orden de unos hombres la humanidad se ensañaba, la mujer que al mundo te trajo desconsolada lloraba, sentía desfallecer mientras tú te levantabas, el perdón de tus verdugos pedías con la mirada, con tu rostro ensangrentado el calvario continuabas.

En tu segunda caída el filo de aquel madero tus fuerzas las agotaba, la Verónica llorando se perdía en tu mirada, con el lienzo que traía limpiar quería tu cara no llores por mí mujer llora por el mañana. Y tu rostro ensangrentado en su velo le dejabas. Con una tierna mirada le regalaste consuelo, mientras que tus verdugos se ensañaban con tu cuerpo. Con tus pies ensangrentados continuabas tu camino, mientras que un traidor se colgaba en un encino. No pudo soportar que por solo treinta monedas traicionara al elegido.

La tercera fue más cruel caíste de un solo tajo, levántate Jesús no te quedes ahí tirado, si no llegas a tu reino el mundo estará perdido, te está matando el amor y yo  muero de miedo, tus lágrimas y tu sangre en la tierra se han perdido, era un buen samaritano quien con la cruz te ayudó, para seguir tu calvario y continuar el dolor. Mientras a tus oídos llegaba la orden del enemigo, así nunca llegaremos ya levántate maldito.

Una vez crucificado a libar te dieron hiel, tu costado atravesaron con una lanza muy cruel, en tu agonía viste la mísera humanidad, de frente viste pasar, la envidia desbordada, el odio de este mundo, la lujuria que reinaba, el insoportable aliento del alcohólico que tomaba los ojos de un drogadicto cuando pierde su mirada, por ellos diste la vida, ¡no te defendiste Jesús a la muerte te entregabas! Amándolos por igual,

En un grito de agonía la mirada levantabas, perdónalos señor son ovejas descarriadas tu cuerpo desfalleció en esa cruz de madera, una mujer llora abrasada tus pies, besando tus heridas como cuando eras bebé, tus ropas se han jugado entre los juegos de azar, el cielo ha obscurecido la tierra temblando, el suelo se ha partido, la madre naturaleza mostraba su indignidad.

Quietecito te has quedado, ahora te bajaran, los brazos de tu madre esperando estarán para acuñar a su hijo y acariciando tu rostro de besos te cubrirá, en un sepulcro prestado tu cuerpo depositaran, lo llenaran de rosales al cielo te elevaras, para reinar en tu trono a la diestra de tu padre, un día regresarás.

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