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Muerte de Benito Juárez

Por Rafael Tortajada

Se iniciaba el año de 1871 y doña Margarita Maza, esposa del presidente Benito Juárez, empezó a sentir los tremendos dolores del cáncer en su estómago, nunca antes se quejó y si lo hubiera hecho de poco hubiera servido ya que no había elementos médicos para curar ese mal. Debido a las circunstancias que se vivieron en México con la guerra que ocasionó primeramente el Plan de Ayutla y después la llamada Guerra de Reforma que duró tres años; la señora vivió en Estados Unidos y justo es decirlo, fue atendida por el gobierno de ese país como la primera dama de México.

En ese exilio voluntario que tuvo que elegir para no poner en peligro su familia, vivió la tragedia de la muerte de su hijo José y con el deseo de que su cuerpo descansara en tierras mexicanas lo mandó embalsamar y lo trajo siempre en una petaquilla de mano mientras vivió en ese país del norte. El Dios de la Guerra o el joven Macabeo como los conservadores nombraban a su campeón que era nada menos el general Miguel Miramón, que, debemos abonar en su favor el hecho de que estuvo entre aquellos estudiantes del castillo de Chapultepec que sobrevivieron al ataque desigual de las tropas de los Estados Unidos en contra de unos cuantos valerosos mexicanos que se quedaron a defender ese baluarte. Este personaje tuvo un acto cívico poco común; diariamente les pasaban lista puesto que estaban en calidad de prisioneros y un día de tantos no lo encontraron cosa que alarmó a la guardia norteamericana, al buscarlo lo hallaron cerca de un horno que se había construido ex profeso para quemar los cuerpos de los que habían fallecido en batalla ¿qué hacía Miramón en ese lugar?, estaba haciendo una guardia de honor a sus compañeros muertos.

Este personaje que de momento se sentía invencible, fue derrotado en dos ocasiones por el mismo general liberal que fue Jesús González Ortega, la primera de ellas fue precisamente en Zacatecas y ahí estuvo a punto de ser fusilado Filomeno Bravo, aquel militar que le permitió a Juárez Salir del palacio de gobierno en Guadalajara, Jalisco y que gracias a eso, pudo llegar sano y salvo a Colima; ya todos sabemos cómo le salvó la vida la tarjeta que llevaba y que Juárez le había regalado con la leyenda de “reciprocidad en la vida”.

La segunda vez ya fue la batalla definitiva la que dio término a la guerra de reforma y que se llevó a cabo con el enfrentamiento de los dos ejércitos en San Miguel Calpulalpan; en este pequeño poblado que existe entre las inmediaciones del estado de México y el de Querétaro ahí los conservadores perdieron su último acto de guerra.

Esto le abrió las puertas a Juárez para llegar a Palacio Nacional en la ciudad de México a poder gobernar como tantas veces había aspirado. Sabemos cómo algunos Conservadores encabezados por el padre Francisco Javier Miranda, se sintieron altamente ofendidos porque estaban siendo gobernados por un “indio” ¿Cómo era posible eso?, México necesitaba de la sabiduría de esas familias que por centurias estuvieron gobernando con mano de hierro a los pueblos europeos, nos hacía falta un personaje de esos que nos integrara a la gente de bien.

Ya en la corte francesa José Manuel Hidalgo y sobre todo José María Gutiérrez Estrada se había encargado de preparar mentalmente a María Eugenia de Montijo, esposa del emperador francés Napoleón III y fue esta dama quien les abrió las puertas a la comitiva de inconformes que tuvieron que pedir prestado para el pasaje del barco que los iba a llevar a Europa porque ni para eso tenían. Es curioso cómo el padre Miranda era el mejor detractor de los mexicanos y quien más defendía el derecho a que vinieran los europeos a gobernar.

Todos sabemos los descalabros que tuvieron en nuestro país, el primero de ellos el 5 de mayo de 1862 en los Fuertes de Loreto y Guadalupe en Puebla, donde un conjunto de aguerridos mexicanos mal vestidos y hambrientos se enfrentaron a los mejores soldados del mundo y los hicieron huir; entre la tropa, alguien empezó a entonar el Himno Nacional Mexicano y esto encendió el ánimo de los combatientes que, los hicieron vencer a los extranjeros.

El general Ignacio Zaragoza, comandante en jefe del Ejército de Oriente, pudo rendir el informe respectivo al presidente Juárez diciéndole que: “las armas nacionales se han cubierto de gloria”. Por un decreto presidencial a la ciudad se le puso el nombre de Puebla de Zaragoza; ahora, nuevamente fue cambiado su nombre con el original de Puebla de Los Angeles debido a que fueron estos seres los que subieron las campanas a las torres de la Catedral.

El contraataque francés fue feroz y mejor dirigido tomando este baluarte durante dos meses de asedio, para entonces Zaragoza ya había muerto de tifo y fue González Ortega quien por órdenes presidenciales tomó la jefatura, cuando se vieron totalmente vencidos destruyeron las cureñas de todos los cañones y entregaron la plaza sin dejar arma alguna que le pudiera ser útil al invasor. Ahí fueron remitidos varios generales rumbo a Francia sólo que antes tenían que hacer una parada técnica en una de las islas del Caribe, en la Martinica, que era posesión de este reino; por el camino estos valerosos mexicanos fueron escapando, lo mismo hizo Porfirio Díaz; todos se dispersaron por el país formando guerrillas con las cuales fue muy efectiva su lucha, por eso los franceses hicieron acopio de crueldad en contra de todos aquellos defensores de su patria que los encontraban con las armas en la mano y ahí mismo se les fusilaba sin formarles juicio.

 

Continuará . . .

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