Hablemos de …

Muerte de Benito Juárez

Por Rafael Tortajada

 

Segunda Parte

Sabemos también el peregrinar de Juárez y su comitiva y al fin y al cabo fueron hombres valientes, por ejemplo en Monterrey después de hablar el presidente con el cacique Santiago Vidaurri, y haber llegado a un acuerdo, cuando Juárez apenas había abandonado la ciudad aquel renegó de su promesa y se levantó en armas en contra de la República. Juárez demostró un valor inaudito, se vuelve y se enfrenta al infidente reclamándole su proceder; un hijo de este general que defeccionó encañonó al presidente amenazándolo con matarlo y ni así lograron amedrentarlo. Este cacique norteño pagó su osadía muy caro cuando años después en México fue tomado prisionero y pasado por las armas de inmediato, no hubo perdón para él.

También sabemos como el general Porfirio Díaz tomó la ciudad de Puebla y cortó los avituallamientos que iban para ayuda de Maximiliano que ya se encontraba copado en Querétaro; después el mismo Díaz tomó la ciudad de México y la guardó intacta para que fuera el presidente Juárez quien tomara posesión de ella. Así se inicia un periodo de reconstrucción nacional y después de enviar el cuerpo de Maximiliano en un ataúd a su familia en Trieste , el presidente se dedicó a planear un sistema de gobierno que sacara del atraso en que se encontraba el país.

Doña Margarita acompañó siempre a su esposo en el ala poniente del Palacio de Gobierno donde se quedaron a vivir con toda su familia ahí atendía a su amado esposo sirviéndole su comida. De repente ella se empezó a sentir mal como ya lo citamos al principio y pronto se vio postrada en su cama y no fue posible que se levantara, sus fuerzas fueron menguadas por ese terrible mal y falleció en el mes de enero del año mencionado. Juárez no lloraba, aullaba de dolor; se había ido su inseparable compañera de toda su vida con quien procreó 12 hijos y varios de ellos se le murieron, algunos en el exilio.

Sabiendo el poco aprecio que la alta sociedad le guardaba a la familia presidencial, el mismo presidente les rogó que no fueran al sepelio, sin embargo cuando partió el cortejo fúnebre rumbo al cementerio de San Fernando se le agregaron unas dos mil personas; ante la tumba don Guillermo Prieto quien ya se encontraba seriamente distanciado del presidente fue quien dijo la oración fúnebre. A partir de entonces el presidente se volvió sombrío, solitario, acompañado sólo por sus hijas a la hora de comer.

Los enemigos políticos no hallando más cómo atacarlo les dio por criticar el hecho de que su hija Manuela se había casado varias veces.

La salud de don Benito empezó a dar muestras de quebranto hasta que llegó el momento en que su médico narra así: “La angina de pecho, que con más o menos crueldad ataca a otras personas –dice el doctor Ignacio Alvarado, que atendió a Juárez en sus últimos momentos–, desplegó su más extraordinaria energía cuando tuvo que habérselas con un héroe, como si fuera un ser racional que comprendiera que, para luchar con éxito con aquella alma grande, era indispensable ser también grande en la crueldad.

Dos horas hacía apenas que estaba yo a su lado cuando la opresión del corazón con que empezó se transformó en dolores agudísimos y repentinos, los que veía yo, más bien los que adivinaba en la palidez de su semblante. Aquel hombre debía estar sufriendo la angustia mortal del que busca aire para respirar y no lo encuentra; del que siente que huye el suelo en que se apoya y teme caer; del que, en fin, está probando a la vez lo que es morir y seguir viviendo. La enfermedad se desarrolló por ataques sucesivos; los sufre en pie.

Vigorosa es la naturaleza, indómita su fuerza de voluntad, y aun desplegada toda ésta no le es dable sobreponerse por completo a las leyes físicas de la vida, y, al fin, tiene que reclinarse horizontalmente en su lecho para no desplomarse y para buscar instintivamente en esta posición el modo de hacer llegar a su cerebro la sangre que tanta falta le hace. Cada paroxismo dura más o menos minutos, va desvaneciéndose después poco a poco, vuelve el color a su semblante y entra en una calma completa; el paciente se levanta y conversa con los que le rodeamos de asuntos indiferentes, con toda naturalidad y sin hacer alusión a sus sufrimientos; y tal parece que ya está salvado, cuando vuelve un nuevo ataque, y un nuevo alivio, y en estas alternativas transcurren cuatro o cinco largas horas, en que mil veces hemos creído cantar una victoria o llorar una muerte.

Serían las once de la mañana de aquel luctuoso día, 18 de julio, cuando un nuevo calambre dolorosísimo del corazón lo obligó a arrojarse rápidamente al lecho; no se movía ya su pulso, el corazón latía débilmente; su semblante se demudó, cubriéndose de las sombras precursoras de la muerte, y en el lance tan supremo tuve que acudir, contra mi voluntad, a aplicarle un remedio muy cruel, pero eficaz: el agua hirviendo sobre la región del corazón. El señor Juárez se incorporó violentamente al sentir tan vivo dolor, y me dijo, con el aire del que hace notar a otra una torpeza: –¡Me está usted quemando! –Es intencional, señor; así lo necesita usted.

EI remedio produjo felizmente un efecto rápido, haciendo que el corazón tuviera energía para latir, y el que diez minutos antes era casi un cadáver, volvió a ser lo que era habitualmente: el caballero bien educado, el hombre amable y a la vez enérgico. Parece que yo mismo estoy desmintiendo, con el hecho que acabo de relatar, esa fuerza de voluntad que lo caracterizaba, supuesto que no supo sobreponerse al dolor de una quemadura; pero no es así, no; el dolor lo cogió de improviso, y su naturaleza, dejada a la influencia de las leyes físicas y sin el freno del espíritu, reaccionó como era necesario que reaccionara, en virtud de esas mismas leyes, con un fenómeno de los que llamamos reflejos; le sucedió lo que al valiente capitán que se demuda involuntariamente al escuchar los primeros disparos; la palidez de su semblante es un fenómeno reflejo que no está en su mano dominar, como no puede dominar la virgen tímida la rubicundez de su rostro al oír las primeras palabras de amor.

Cuando volvió a sentirse mal llamó a su fiel criado, a Camilo que lo había seguido en todas sus andanzas y sufrimientos y le pidió que le frotara la parte herida en la que se notaban las ampollas del agua hirviendo que le habían aplicado; Camilo desempeñó su cometido y sin poder contener el llanto estuvo dando masaje al más grande de los mexicanos que en ese momento veía llegar el final de su vida.

Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento ninguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro.

Hubo malas lenguas que dijeron que había sido envenenado y lo peor de todo es que culparon a los masones del rito yorkino y el argumento era que se había negado a conmutar la pena de muerte por el destierro a Maximiliano. Sólo algún ignorante es capaz de decir esto, es cierto que Juárez era masón pero pertenecía a un pequeño grupo que aún subsisten y que se llama Rito Nacional Mexicano; nunca tuvo compromisos con los extranjeros para perdonar la vida a quien tanto había ofendido a México.

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