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Pestes, pandemias y demás

Por Rafael Tortajada

La población de Mesoamérica era sana, los curanderos tenían la forma de aliviar las enfermedades que se conocían hasta que lamentablemente vinieron los españoles y la primera que nos trajeron fue la viruela, ese famoso negro que venía infectado y que los enviados de Moctezuma se acercaron a verlo y a tocarlo, nunca se dieron cuenta que fueron esparciendo el mal por todos los lugares que cruzaban a su regreso a la gran Tenochtitla.

Hasta mediados del siglo XVI Tlaxcala fue una ciudad importante. Después, desplazada por la cercana ciudad española de Puebla, empezó a bajar de categoría.

Los texcocanos –cuyo gran cacique, Ixtlixóchitl, no parece haber gozado de las simpatías del conquistador, pues ni siquiera lo mencionaba en sus informes al rey llevaron la parte menos suculenta: en el momento de la victoria sólo obtuvieron la devolución de algunos territorios que habían pertenecido al trono texcocano y en cambio fueron obligados a proporcionar ejércitos bien provistos de armas y alimentos para las nuevas expediciones españolas.

Por añadidura Cortés convenció al menospreciado aliado de que, para probar su fidelidad, mandara arrasar la ciudad de Texcoco tan completamente como se había hecho con Tenochtitlán. Ixtlixóchitl formó un ejército de peones que trabajaron sistemáticamente en destruir uno tras otro los templos y palacios texcocanos, incluyendo el edificio en el que vivió Netzahuaclóyotl.

Así, el monarca que había soñado con superar a Tenochtitlán y hacer de Texcoco la principal urbe del valle de México, quedó señoreando sólo un villorio que jamás volvería a destacar.

Destruir sistemáticamente ciudades, obras de arte y códices que hablaran a los indígenas de un pasado mejor, era el medio más eficaz de «oscurecer sus glorias» y sumirlos en la desesperanza. Todo esto hicieron no sólo que Cortés sino también sus sucesores en el gobierno de la colonia.

En Cholula docenas de iglesias cristianas fueron construidas encima de los templos indígenas, y aquella gran ciudad se convirtió en aldea. Casos semejantes ocurrieron en Huejotzingo, en Oaxaca, en Michoacán. En Veracruz las epidemias despoblaron las ciudades y el polvo cubrió los edificios en ruinas. En Mérida las piedras arrancadas a la pirámide principal de la ciudad maya de Tho sirvieron para construir un enorme convento o fueron regaladas a los nuevos vecinos para que hiciesen sus casas-habitación; tantas eran las piedras que ochenta años después de la caída de T»ho aún quedaban suficientes para levantar un fuerte.

Las normas culturales, los métodos de organización y en general todo lo indígena fue ridiculizado, menospreciado o destruido. Las artes mesoamericanas estaban tan ligadas a la religión que prácticamente desaparecieron con la destrucción de los viejos templos. Los escultores, vistos como herejes fabricantes de ídolos, tuvieron mucho cuidado de practicar su oficio, y los pintores cambiaron de ocupación por falta de patronos que les confiaran la decoración de sus muros.

A tal punto se redujo el número de personajes indígenas con medios para adquirir grandes penachos de pluma y joyas de oro, que las técnicas de los artesanos especializados en elaborar tales objetos cayeron en el más completo de los olvidos. De la obra hecha por los orfebres casi no quedó nada, pues la mayor parte de las joyas fueron fundidas para enviar el metal a España.

Bernal Díaz del Castillo, al regresar a la que en un tiempo fuera ciudad de Ixtapalapa, quedó atónito: «Ahora todo está por el suelo, perdido, que no hay gran cosa», escribió. «Si no lo hubiera de antes visto, dijera que no era posible que aquello que estaba lleno de agua está ahora lleno de maizales».

Sobre todo, una especie de guerra bacteriológica hizo estragos entre los indígenas de todos los bandos. Los conquistadores portaban una infinidad de microbios y virus desconocidos en América: los de «pestes», «vómitos» y «muertes» que asolaron a la Europa medieval; los indígenas carecían de defensas naturales contra esas enfermedades, y como resultado se desataron epidemias de proporciones que tal vez no tengan paralelo en la historia humana.

La primera brotó en 1520, poco después de la «Noche Triste». Fray Toribio de Benavente dejó este testimonio de los sucesos».

«Vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto: y a esta sazón estaba toda esta Nueva España en extremo muy llena de gente, y como las viruelas se comenzasen a pegar a los indios, porque no sabían el remedio de las viruelas, antes como tienen de costumbre, sanos y enfermos, solían bañarse a menudo, con esto morían como chinches.

«En muchas partes aconteció morir todos los de una casa y otras, sin quedar casi ninguno, y para remediar el hedor, que no los podían enterrar, echaron las casas encima de los muertos, así que sus casas fueron sepultura … Y muchos de los que murieron fue de hambre, porque como todos enfermaron de golpe, no podían curar unos de otros, ni había quien les hiciera pan».

En 1575 se registró otra epidemia que se manifestaba en forma de «una calentura recia con vehemente dolor en el estómago, que prorrumpía en copiosa sangre por las narices» y que, según el autor de esa descripción, el jesuita Francisco Florencia, causó los siguientes daños:

«Se notó que habiendo durado un año entero, y habiendo ya en la Nueva España muchísimos españoles, negros, mulatos y mestizos, sólo hiciese estrago en los miserables indios, en tanto grado y con tanta fuerza que averiguados los padrones de los pueblos después que cesó el contagio, se halló que faltaban por ellos sobre dos millones en el tiempo de sólo un año …

«Venían las noticias de las miserias lastimosas de los pueblos de Nueva España y Michoacán … que ya no amortajaban a los que morían, porque todos estaban más para ser amortajados que para amortajar a otros; que las sepulturas eran unos hoyos grandes donde arrojaban a los que por las mañanas hallaban en las casas y en las calles muertos; que solían morirse todos en una casa, sin saberse hasta que el mal olor avisaba; que se hallaban criaturas asidas a los pechos de sus madres muertas, unas expirando, otras ya difuntas; que se encontraban en los caminos los que huyendo de sus pueblos de la muerte, la hallaban al salir de ellos…»

Una escuela de historiadores calcula en 25 millones de individuos la población del México central a la llegada de los españoles. Otra reduce la cifra a sólo nueve millones. Lo que nadie discute es que en 1670, siglo y medio después de la Conquista, los indígenas apenas sobrepasaban el millón y medio, de manera que en el mejor de los casos la reducción fue del 60% y en el peor de más del 90%. En cualquiera de los dos, la mortandad resulta apocalíptica.

Regiones que a la llegada de los conquistadores habían sido edénicas y abundaban de gente en sus ciudades y pueblos, como las costeñas de Veracruz y Guerrero, quedaron punto menos que deshabitadas en el curso de unos cuantos años y se convirtieron en infiernos donde señoreaban las enfermedades más mortíferas. Sólo a partir de 1670 los indígenas parecen haber adquirido defensas orgánicas que les permitieron salir mejor librados de las epidemias; su número volvió entonces a incrementarse, pero a esas alturas el daño ya era irreversible.

Los aztecas no se habían andado con remilgos a la hora de dirigir a latigazos las cadenas de tamemes o cargadores que enviaban a todo lo largo y ancho de su imperio. Después de la conquista se cometieron excesos iguales o peores, tanto con los vencidos y sus partidarios como contra los otomíes, los matlatzincas y otros pueblos de cultura rudimentaria que siempre habían sido víctimas de cuanta gente quería explotarlos.

Decretada la esclavitud para los aztecas y sus partidarios después de la caída de Tenochtitlán, pronto comenzaron a entrar a la ciudad «grandes manadas como de ovejas para echarles el hierro», según escribió fray Toribio de Benavente. «Además del primer hierro del rey, cada uno que compraba el esclavo le ponía su nombre en el rostro, tanto que toda la faz tenía escrita».

En la Huasteca para resarcirse de la falta de metales preciosos en su territorio, el gobernador Nuño de Guzmán organizó el tráfico de esclavos a las Antillas, donde prácticamente se había extinguido la población indígena. Tales proporciones alcanzó el negocio que la oferta superó con mucho a la demanda y el precio de las «piezas» huastecas bajó a cuatro pesos por cabeza, igual que el de una oveja.

En Michoacán el obispo Vasco de Quiroga anotó: «han hecho y hacen esclavos hasta las mujeres con sus hijos de teta de 3 ó 4 meses a los pechos de las madres … herrados todos con el hierro que dicen del Rey, casi tan grande como los carrillos de los niños». Conmovidos  por el diluvio de informes de este tipo que le llegaban, en 1530 el monarca español prohibió esclavizar a los indígenas, pero la práctica tardó decenios en extinguirse y al cabo cambiaron sólo las formas pero no el fondo del régimen laboral.

Cortés entregó miles de indígenas “en encomienda” a españoles que, a cambio de gobernarlos y procurar que recibieran instrucción religiosa, adquirían el derecho de cobrarles tributos, designarles autoridades y ponerlos a trabajar con poco o ningún salario. Este sistema creaba de hecho pequeñas satrapías autónomas, por lo cual desagradó a la Corona, que en 1542 dictó la primera de una serie de leyes destinadas a suprimir la encomienda.

Los afectados hicieron intentos de rebelarse; pero calmar la agitación se instituyó entonces el «servicio personal» mediante el que los indígenas fueron obligados a prestar aproximadamente mes y medio de trabajo por año a todos los españoles y no sólo a los encomenderos. Los propietarios de minas, siempre escasos de mano de obra, fueron los más beneficiados con el cambio y cometieron abusos como los registrados por fray Toribio de Benavente:

«El hedor causó pestilencia, en especial en las minas de Oaxaca, en la cuales media legua alrededor (dos kilómetros) y mucha parte del camino apenas pisaban sino sobre muertos, y eran tantas las auras y cuervos que venían a comer los cuerpos muertos, o andaban cebadas en aquella cruel carnicería, que hacían gran sombra al sol».

El «servicio personal» fue abolido en el primer cuarto del siglo XVII. Para entonces ya se habían encontrado métodos más sutiles de hacer laborar a los indígenas, como el personaje por deudas que subsistió hasta el siglo XX.

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