Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

No te encariñes de lo que no es tuyo por completo

Juan y María, eran una pareja de recién casados la juventud les favorecía para disfrutar su amor, pero la noticia de un bebé estropeaba sus planes para disfrutar su reciente matrimonio.

–Juan vamos a ser padres, esto me llena de alegría porque tendremos que suspender las salidas de fin de semana.

-No tienes por qué preocuparte María mis padres siempre han anhelado un nieto y sé que ellos nos harán el favor de cuidarlo-.

El tiempo de aquel embarazo transcurrió en completa calma, hasta ver entre sus brazos al recién nacido, los primeros meses fueron desesperantes ella iba y venía de un lado a otro de la casa, Juan con más frecuencia se perdía en aquellos fines de semana con los amigos, de esa manera pasó un año, el matrimonio se encontraba en peligro de ser derrumbado, los padres de Juan al ver la situación para aportar soluciones los reunieron un día entre semana.

-Hijo nos damos cuenta que tomas con más frecuencia, desatiendes a tu mujer y a tu hijo, ¿qué pasa?

-Nada papá, solo que María tiene que cuidar al niño y pues ya no podemos salir con las mismas facilidades.

-De acuerdo hijo, vamos haciendo una cosa, llévate a tu mujer este sábado a bailar y déjanos al bebé nosotros lo cuidaremos.

La solución de reencontrar el amor de la pareja estaba frete a ellos, de esa manera el joven matrimonio comenzó a disfrutar lo que en un momento quedó pendiente, los abuelos con gran facilidad, se encariñaban con Juanito, los años pasaban el niño asistía con más frecuencia al lado de su abuelo, dormía con él, jugaban por las tardes y aquellos fines de semana eran fantástico al clarear el domingo de cada semana el abuelo se dejaba ver con su nieto por el pintoresco tianguis almorzando, el niño tendría ya cerca de los cinco años cuando una noche se encontraban nieto y abuelo frete al televisor, disfrutaban de una serie infantil el niño se perdía entre los brazos de su protector hasta quedar dormido, esa noche sin que nadie lo esperara Juan entró a la recamara de su padre el niño se encontraba dormitando de pronto una voz autoritaria lo despertó.

-¡Juan, vámonos a la casa!

-No hijo se va a quedar aquí ya está casi dormido.

-No papá su lugar está con nosotros.

-¡A caramba y de cuando acá debe estar con sus padres!, si siempre cuido a mi muchachito.

-¡No, no te equivoques padre tu eres el abuelo, los padres somos nosotros! Aquel hombre de nobles sentimientos no creía lo que escuchaba, lo separarían de quien creció como si fuera uno más de sus hijos.

-Está bien Juan llévate a tu muchacho y por favor no me lo vuelvas a encargar-. El abuelo sentía que su corazón se desmoronaba, al ver la carita de su nieto descontrolado sin saber que pasaba, pero el abuelo se encontraba en las mismas condiciones.

No es nada personal papá lo que sucede que dice María que si no lo acostumbramos a estar con nosotros al rato ya no se va a querer irse de tu lado, y más vale ahorita.

-¡Mandilón que no fueras, y tu mujer una convenenciera! ¡Cuando les estorbaba bien que me lo dejaban verdad! Pero como ya viene el otro, ahora si ya me resultaron muy hogareños, vete llévate al niño y nunca más hago favores a nadie, tienes toda la razón yo solo soy el abuelo.

Juan tomó a su hijo dejando en un profundo sufrimiento al padre que sentado sobre la cama meditaba.

-Jamás vuelvo a encariñarme de ningún nieto, yo tengo la culpa-. En aquel momento murió el abuelo cariñoso para resurgir un hombre duro de corazón sin dar oportunidad a que ninguno de sus nietos ganara su corazón, el golpe fue letal para sus sentimientos, y la herida eterna.

Entendamos los abuelos; los hijos solo son prestados, los nietos no nos pertenecen.

Los hijos, dejemos de ser convenencieros y aceptemos que cuando adquirimos la responsabilidad de dar vida, tenemos que aceptar sus consecuencias. Seamos más agradecidos con quienes le brindan cariño a nuestros críos.

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