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Primer viaje de Cristóbal Colón

Por Rafael Tortajada

Vemos llegar a un hombre cansado que había salido del reinado de Portugal y al ver las torres del monasterio de Santa María de la Rábida sintió que su viaje había llegado a su fin ya que en ese lugar le esperaba el sacerdote que lo presentaría a los reyes de España. El personaje de que hablamos era Cristóbal Colón.

La Rábida: La sencilla y humilde silueta del monasterio de Santa María de la Rábida, situado en la confluencia de los ríos Tinto y Odiel, se divisa sobre una loma de 30 ms. de altitud. El cenobio dista, en dirección noreste, de Palos de la Frontera 7 Kms., y 20 Kms. de la villa de Moguer. La zona, de gran belleza natural, recibe la denominación de «Lugares Colombinos» por su decisiva participación en el descubrimiento de América.

La leyenda recoge que la antigua rápita musulmana del lugar fue transformada, en la segunda mitad del S. XIII, en una fortaleza-santuario de la Orden del Temple. Y que posteriormente, se convirtió en un eremitorio adscrito a la observancia franciscana.

Lo cierto Es que Benedicto XIII, por la bula en Tortosa el 6 de diciembre de 1.412, concede licencia a fray Juan Rodríguez para vivir en comunidad con otros doce frailes. El documento, considerado como Carta Fundacional de La Rábida, es de singular importancia.

Es la primera vez en la historia que se alude al eremitorio compuesto por la iglesia y varias casas- bajo la advocación de Santa María de la Rábida.

Diez años después, el Papa Martín V, por la bula dada en Roma el 8 de diciembre de 1.422, duplicó el número de religiosos de la comunidad rabideña.

La Rábida, a juzgar por una serie de bulas pontificias del S. XV, no escapa a las rivalidades entre Observantes y Conventuales de la Orden seráfica en la provincia de Castilla. Así, en 1.428, por deseo del citado Martín V, tenemos una Rábida conventual. Posteriormente, Eugenio IV, por la bula, fechada en Florencia el 13 de septiembre de 1.434, ordena que los Observantes en España vuelvan a su primitivo régimen. Por tal motivo, La Rábida se somete a la Observancia en la provincia de Castilla, Custodia de Sevilla.

A partir de este momento, el que hasta entonces fue eremitorio pasó a ser convento y el Vicario local, según lo establecido por la Orden, fue sustituido por el Padre Guardián. Más tarde, el propio Eugenio IV por otra bula intitulada, dada en Ferrara el 17 de febrero de 1.437, concede indulgencias a los que ayuden a las obras de reparación de La Rábida. El documento, pues, data las edificaciones más antiguas del monumento en el segundo tercio del siglo XV. Poco después, volvió a la jurisdicción conventual.

De nuevo el gran protector de La Rábida, Eugenio IV, por la bula fechada en Roma el 19 de abril de 1.445, manda que este convento junto con los de San Francisco del Monte, Arrizafa, Constantina y Villaverde pasen a la jurisdicción de la Custodia Observante de Sevilla. Sin embargo, tres años después, por la bula de su sucesor, Nicolás V, dada en Roma el 3 de marzo de 1.448, los religiosos del convento de Santa María de la Rábida quedan exentos de la jurisdicción de los vicarios de la Observancia.

Tal situación perduró hasta 1.460, fecha en la que la comunidad retorna definitivamente a la Observancia. Durante esta última etapa conventual La Rábida poseyó grandes propiedades y rentas. De esta forma, sus saneados y pingües beneficios posibilitaron, en la segunda mitad del Cuatrocientos, la total reconstrucción, ampliación y ornamentación del edificio.

Por entonces, entre 1.485 y 1.493, se produce las cuatro visitas de Cristóbal Colón a La Rábida, donde los franciscanos le dispensaron siempre fraternal acogida, le apoyaron incondicionalmente ante la Corona y le ayudaron a ultimar su primer viaje al Nuevo Mundo.

En resumen, el monasterio de La Rábida, a pesar de los referidos cambios entre Observante y Conventuales, que en opinión del P. Ortega sólo afectaron al régimen interno de la Comunidad, fue siempre un gran foco de religiosidad popular y de peregrinación mariana, al que acudían puntuales y devotos todos los pueblos ribereños de la comarca: Huelva, Palos, Moguer, San Juan del Puerto, etc. Que esto es cierto lo prueba la información que el P. Gonzaga facilita en 1.583. Textualmente dice: «Es además este Convento muy venerable para los seglares, por la imagen de piedra de la gloriosa Virgen María, allí erigida, ante la cual se obran constantemente grandes.

Esta es la síntesis de la historia de ese monasterio al cual llegó Colón en busca de auxilio para poder entrevistarse con los reyes de España y exponerles su proyecto que tenía fijo para descubrir las indias orientales basado en que viajando hacia el poniente encontraría esos míticos lugares.

Fueron años de andar peregrinando en busca de los monarcas que no tenían tiempo de atenderlo hasta que según don Hernando Pérez del Pulgar, el rey se encontraba jugando un partido de ajedrez y estuvo a punto de hacer una jugada con la cual hubiera perdido.

Colón que era avezado en el tema pudo hacerle una señal y el rey rectificó con lo que triunfó.

En ese momento dijo “¿quién es éste?”, “es un navegante que busca su apoyo para iniciar un viaje tendiente a descubrir nuevas tierras para ensanchar sus reinos majestad”. ¡Denle lo que quiera!. Pero, todo lo que le pudieron dar fue una carta ordenando que tales o cuales ciudadanos colaboraran en su empresa, cuando Colón les presentaba el documento lo tomaban, se lo ponían en la cabeza y le decían “se acata pero no se cumple” .

Esta dificultad hizo que redoblara sus esfuerzos en busca de personas con cierto espíritu de aventura que pudieran ayudarlo y tuvo la suerte de encontrar a los hermanos Yánez Pinzón, personas populares en toda la región y fueron estos quienes se encargaron de difundir la idea y poco a poco se fue materializando su sueño dorado. Se construyeron 3 naves de poco calado, la Marigalante después llamada La Santa María, La Niña por ser pequeña y La Pinta y con esas tres cáscaras de nuez se atrevió a enfrentarse a los peligros del mar o sea la de lanzarse a un viaje sin retorno y que además no tenía una idea exacta a donde iba.

Los días pasaban y los marinos empezaron a sentirse nerviosos porque no veían garantías para salvaguardar su seguridad y estalló un motín, entonces Colón pidió que fuera una embajada a la nave capitana donde él viajaba y a vuelta les envió un documento que contenía un plano que a él le había facilitado un tal Toscaneli con lo que los convenció de seguir adelante. El viaje lo inició el 3 de agosto de 1492 y salieron las tres carabelas del puerto de Palos de la Frontera (a mí en la escuela siempre me hablaron de este puerto pero nunca me explicaron que era un puerto de río y no de mar hasta ahora que lo conocí personalmente, se encuentra a orillas del río Tinto el cual ya se está secando) por ese río navegaron hasta entroncar con el mar y de ahí enfilaron rumbo a su destino.

Volvamos a la narración anterior ya que una vez que dominó el motín ofreció una recompensa para el primero que descubriera tierra en lo que sería el nuevo mundo, fue el vigía Rodrigo de Triana quien avistó primeramente ese elemento y empezó a gritar ¡tierra a la vista, tierra a la vista! era el 12 de octubre de 1492. Hay que aclarar que el premio que Colón ofreció se lo entregaron a los descendientes de este marino 500 años después y lo hizo el Rey Juan Carlos de España.

Colón nunca tuvo una idea precisa de donde llegó puesto que nunca tuvo la fortuna de anclar en la tierra continental y curiosamente sólo llegó a una pequeña isla de un pequeño archipiélago llamado Guanahaní y que él lo bautizó como Isla de San Salvador, porque eso fue para todos. Lógicamente que los primeros malos tratos que cometieron con los naturales hizo que éstos se levantaran en armas en contra de ellos y fueron hostiles. Para agravar sus males hubo dos incidentes graves, uno de ellos fue que Vicente Yánez Pinzón desertó y se volvió en su nave que era La Pinta a hacer ciertas acusaciones de Colón ante el rey sólo que éste nunca lo recibió; el otro caso fue que la Santa María encalló y fue desmantelada para formar un fuerte y ahí se quedaron varios de los marinos en espera de la ayuda que Colón iba a traer de España y que utilizó La Niña para llevarle presentes a los reyes.

Todos los que se quedaron en El Fuerte fueron exterminados. Cuando volvió Colón en lo que fue su segundo viaje ya llevaba más naves y más gente pero, en lugar de engrandecer su hazaña empezó a perder autoridad precisamente por las exigencias que había solicitado a los reyes; el porcentaje tan elevado de las riquezas que encontrara, el nombramiento de almirante y sobre todo el de virrey de todas las tierras que descubriera; esto le daba una gran supremacía material sobre los reyes, razón por la cual no le cumplieron y Colón se amargó.

20 de mayo de 1506. Valladolid.

El quinto viaje

Anoche ha dictado su último testamento. Esta mañana preguntó si había llegado el mensajero del rey. Después, se durmió. Se le escucharon disparates y quejidos. Todavía respira, pero respira bronco, como peleando contra el aire.

En la corte, nadie ha escuchado sus súplicas. Del tercer viaje había regresado preso, atado con cadenas, y en el cuarto viaje no había quién hiciera caso de sus títulos y dignidades.

Cristóbal Colón se va sabiendo que no hay pasión o gloria que no conduzca a la pena.

No sabe, en cambio, que pocos años faltan para que el estandarte que él clavó, por primera vez, en las arenas del Caribe, ondule sobre el imperio de los aztecas, en tierras todavía desconocidas, y sobre el reino de los incas, bajo los desconocidos cielos de la Cruz del Sur.

No sabe que se ha quedado corto en sus mentiras, promesas y delirios. El Almirante Mayor de la Mar Océana sigue creyendo que ha llegado al Asia por la espalda.

No se llamará el océano mar de Colón. Tampoco llevará su nombre el nuevo mundo, sino el nombre de su amigo, el florentino Américo Vespucio, navegante y maestro de pilotos.

Pero ha sido Colón quien ha encontrado ese deslumbrante color que no existía en el arcoíris europeo. Él, ciego, muere sin verlo.

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