Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Ojos sin vida

 

En contadas ocasiones los seres humanos mostramos la inconformidad de nuestros talentos, buscamos en los lugares erróneos las fortunas económicas olvidando los talentos principales que nos acompañan y que los ignoramos.

¿Te has puesto a pensar la gran fortuna acumulada que dentro de tu cuerpo existe? Cierto día al entablar un dialogo con un hombre invidente, al preguntar sobre su opinión de la vida que le tocó vivir su respuesta fue la menos esperada al preguntar con curiosidad.

-Jacinto ¿qué tan difícil es para ti vivir en las tinieblas de la obscuridad? Aquel hombre tocando mi mano y recorriendo la de el por mi brazo logrando llegar a mi hombro respondió.

-Las tinieblas que tu mencionas son tanto para un ciego como para una persona con vista, todo está en la manera en que aceptes tu propio destino en verdad te digo Lomelí en contadas ocasiones he dado gracias Dios por esta ceguera que no me permite ver la deformación del mundo actual, los sentidos de nuestra mente se desarrollan de una forma mágica, en contadas ocasiones, me parece ver las olas de la mar, con claridad escucho el sonido de ese reventar del agua que sacude al océano, admiro también la bella noche y aquella estrella al horizonte que ilumina la ventana de mi dormitorio, logro admirar aquel el arcoíris con sus múltiples colores; colores que solo existen en mi mente por las pláticas que escucho de las personas que lo describen, aquellos  atardeceres bañados de sol y lluvia, pero todo es falso para mí, ¡claro que existen!, yo no puedo disfrutar de esas maravillas, mis ojos muertos lo tienen prohibido, solo mi imaginación puede darles vida. Pues aquella fuerza tan tremenda que tiene la mente de un invidente, es capaz de crear maravillas inexistentes en mi vida ciega.

Yo lo miraba extasiado por las respuestas tan sabias, en mi garganta sentía aquellas lágrimas que no dejé escapar por mis ojos y que recorrían mis adentros, él continuaba hablando.

Tú que tienes la dicha de la vista Lomelí, y que Dios la ha puesto en tu organismo, disfrútala y no pierdas tiempos maravillosos, ocupando tus ojos para ver a quien odiaras, a quien le guardaras rencor, viendo como consigues aquellas fortunas ajenas a ti, solo son ambiciones desmedidas que jamás lograras, la verdadera riqueza está en tus ojos, ve bien los caminos, observa a quien puedes servir; admira la belleza de las personas que te rodean, se ciego a los malos hábitos, al rencor, al resentimiento, pues quien no lo hace así, es más ciego que yo deja escapar esas lágrimas que retienes y comienza a ver amigo.

¡Uuuf, que lección recibí! Jacinto se percataba de mi estado de ánimo por el solo respirar de mi cuerpo, levantándome de la silla me despedí.

-Jacinto, escribiré sobre los órganos del cuerpo que son nuestra gran fortuna, gracias por la lección de vida amigo.

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