Austeridad relativa

El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador,  está decidido a emprender en su sexenio próximo, entre otras cosas, un combate frontal a la corrupción y ejercer una política de austeridad, lo que de suyo es importante, que ojalá se traslade al terreno de los hechos.

En este esquema de reducción de sueldos de los funcionarios federales, pocos han secundado al tabasqueño, como es el caso de la Jefa de gobierno electa de la ciudad de México, Claudia Sheinbaum.

La medida, como tal, resultaría buena y hasta necesaria, pero no debe ejecutarse de manera vertical, sino horizontal, es decir, imponerse sólo a los funcionarios de primer nivel,  los que reciben salarios de lujo, onerosos, ofensivos para la mayoría de los mexicanos, sobre todo para los grupos más desprotegidos.

Claro que las condiciones de pobreza y miseria de amplios segmentos de la población cuestionan las condiciones de opulencia, derroche y corrupción de varios servidores públicos de alto nivel, por lo que se ve con buenos ojos que la propuesta de López Obrador se hiciera realidad.

Sin embargo, no se debe medir con la misma vara, porque hay servidores públicos que viven en la medianía o reciben remuneraciones menores al trabajo devengado y son los que cumplen  con metas de programas operativos y planes de desarrollo, y le dan estabilidad a la administración pública. La austeridad debe ser relativa porque ¿por nos cuántos pierden todos?

Además, un plan de austeridad no es garantía plena que conlleve al éxito de las políticas públicas.

Sin una actitud supina,  no es la totalidad de los servidores públicos los que ganan sueldos escandalosos e insultantes, por lo que sería injusto que a todos los servidores públicos se les aplicaran las mismas medidas que se dirigen a los que en verdad justifican la austeridad.

Al margen de lo anterior, AMLO y próximos delegados estatales no deben perder de vista que trabajadores de confianza de niveles menores y que ni siquiera son mandos medios están arropados por el servicio profesional de carrera, lo que, en aras de la austeridad, auguraría un embrollo por eventuales demandas, en virtud de la dicotomía permanencia-despido.

 

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