Reflexiones de vida

Eduardo Lomelí G.

 

Lamento acusador…

La tristeza de sus ojos delataban una profunda tristeza que acongojaba a un hombre, quien se encontraba en una banca de jardín.

Un viejo sabio se acercó a él, pretendiendo mitigar los remordimientos de su existencia.

-Tus ojos son tristes amigo, la pena guardada es profunda-. Decía el anciano. Aquel hombre lo miraba, corriendo dos lágrimas por sus mejillas respondió.

-La traición a un buen amigo me carcome el alma y el no encontrar soluciones para remediar el daño me está matando lentamente-. Aquel viejo de vasta experiencia respondía al acongojado hombre que no perdonaba su culpa.

-Perdiste el talento de la lealtad y tus adentros lo reprochan sin cuarta ni consideración.

-Sí, ¿por qué me sucede esto? -. Preguntaba el hombre arrepentido sin levantar la mirada por su mal acto. Levantando la cara, el anciano respondía, -no bajes tus ojos, no te ocultes a tus propias acciones, enfrenta el mal y corrige, reconstruye lo derrumbado.

Cuando el interior saca a relucir el elemento de tu propia conciencia, la culpabilidad oculta se filtra entre tu mente y recorre tu cuerpo con olas de escalofrío, no se detiene hasta encontrar el conducto que lo hará llegar a tu corazón.

Como rayo de sol ardiente quemara tu mente y valores perdidos, tu angustia de la multitud que te rodea, sientes aquellas miradas acusadoras, sin percatarte que ellos ignoran tu vergüenza.

Has caído como los pajarillos que sin saber volar quieren abandonar el nido que les brinda protección de aquellos depredadores mundanos; quienes te utilizarán como alimento y los sobrantes los abandonaran para los buitres.

La paz se alejara de ti, aquel momento de debilidad te atormentara toda una vida, tu pecho gime de dolor y arrepentimiento, solo el arrepentimiento es la cura a tu triste momento, en el encontraras la paz y tranquilidad que requiere tu cuerpo ultrajado y ofendido por ti mismo, llora por todos tus sueños perdidos, por los años desperdiciados por aquel futuro prometedor que ignoraste.

Grita a la dignidad contaminada por un acto vergonzoso que te acusa como juez implacable, llórale al talento divino que fue depositado en ti y el cual extraviaste, a la traición por dar mal uso de él, y el no poder dar la cara al que te creo, pero que aunque ocultes la mirada el ve la tristeza de tus ojos avergonzados, y detecta los motivos de aquel arrepentimiento, al darse cuenta de quien provocó la fractura a tus principios y morales, él, espera aquel arrepentimiento sincero para de volverte la calma perdida.

Tus talentos destrozados reconstruidos volverán a ti, aquellos momentos en que con tranquilidad tomaste reposo frete a la chimenea para escribir algún pensamiento, o leer varias cuartillas de un libro interesante, pero te olvidas de un reglamento literario, hay que vivir a los protagonistas, pero no imitar sus historia.

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