Hablemos de …

A propósito del mes patrio

Por Rafael Tortajada

El jueves pasado, la Banda del Gobierno del Estado de Colima deleitó con una hermosa gala a su público en el Teatro Hidalgo. Mi familia y yo fuimos recibidos por el director musical, a quien agradezco su finísima atención y amable detalle.

 

Con este relato histórico damos pie a una serie de remembranzas previas al inicio de la Independencia de México.

 

Don Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburo, Arregi, Carrillo y Villaseñor y por otro camino distinto iba doña María Ignacia Rodríguez de Velasco, pero en un cruce de esas sendas el destino los juntó y se trabaron sus vidas. Y aquí de la eficacia expresiva de los simples similes: la carne y la uña, el olmo y la vid, la llama y el pabilo.

En el año de 1808 en el que villanamente fue depuesto y arrestado el virrey don José de Iturrigaray por algo más de trescientos dependientes de casas españolas de comercio y otro puñado de mozos de hacienda, acaudillando esta turba el ambicioso don Gabriel Yermo, don Agustín Iturbide que era por aquel entonces simple subteniente – contaba treinta y cinco años- se apresuró ansiosamente a ofrecer sus importantes servicios al nuevo gobierno que surgió del vergonzoso motín de los mentecatos chaquetas.

En 1809, traicionó vilmente con su denuncia a los fieles patriotas de Valladolid –los dos Michelena, don José María el militar y el licenciado don José Nicolás, el capitán don José María García Obeso, el cura de Huango don Manuel Ruiz de Chávez, el franciscano Fray Vicente de Santa María, el comandante don Mariano Quevedo, el licenciado Soto Saldaña y alguno u otros- los denunció por la razón toral de que siendo alférez en ese tiempo, no lo hicieron mariscal de campo como era su vivo y ardiente deseo.

El cura don Miguel Hidalgo le ofreció el nombramiento de teniente coronel si se unía a sus huestes, cosa que rehusó don Agustín no por adicta fidelidad a la Corona como se creyera, sino porque miró claro que aumentaría más sus provechos que era lo que le importaban, combatiendo a los insurgentes que formara en sus filas. Y así fue como allegó grandes riquezas. Desde 1810 se dedicó tenazmente a combatirlos y a perseguirlos con exceso de crueldad hasta el año de 1816 en que se le separó del mando del ejército del Norte, en virtud de las graves y constantes acusaciones que le hicieron algunas casas de importancia de Querétaro y Guanajuato, por los numerosos desmanes y sinrazones que cometió con ellas y no era nada falso lo que le imponían, pues que impulsado por loca ansiedad de enriquecerse pronto a costa de lo que fuera, atropellaba las leyes, incurría en mil excesos e injusticias.

Estaba a la sazón en México para responder a los cargos que justificadamente le hacían pero como era hombre astuto, de muchas mañas, enredos y sin escrúpulos pacatos para romper impedimentos y dificultades, echó sus coordenadas y cálculos y buscando embustes y falsas apariencias se hizo muy de la amistad de don Matías Monteagudo, prepósito que era de la Casa Profesa e inquisidor honorario, y aún entró muy devoto, humilde y contrito, en una tanda de ejercicios espirituales sólo con el interesado fin de lograr una recomendación eficaz para el oidor don Miguel Bataller, de quien, como auditor, dependía el despacho de su causa.

Estos engaños los manejaba muy bien Iturbide. Tenía la ostensible devoción de rezar todas las noches el rosario y si andaba en campaña lo decía casi a voz en grito para que lo oyeran los soldados, y si estaba en la ciudad, por más tarde que llegara a su casa lo rezaba con sus familiares y criados.

Escribe don Mariano Torrente en su Historia de la Independencia de México que “para acabar de deslumbrar a los fieles realistas, pasó Iturbide a hacer unos ejemplares ejercicios en el convento de la Profesa, durante cuyo tiempo recibió de todos los asociados los más útiles consejos y enérgicas amonestaciones; más si bien aparentaba este pérfido confidente un aire exterior edificante y una dócil conformidad con las instrucciones de sus maestros, tenía premeditado burlar a unas y a otros, y valerse de tan favorables elementos en su propio provecho”.

Iturbide enmieló con su miel, pues tan excelente y amplia obtuvo la recomendación que deseaba, que se sobreseyó su proceso, devolviéndole, además, aunque sólo fuera de nombre, el mando de sus tropas, al frente de las cuales se hizo poseedor de buen historial de ferocidades con las que deslucía sus triunfos, porque Iturbide, al lado de enorme luz, proyectaba sombras llenas de contrastes.

El Gobierno, como para estar contento con él y tenerlo a su lado de buen amigo, le arrendó a bajo precio, que nunca le cobró, La Compañía, finca rústica cercana a Chalco, que fue propiedad de los jesuitas y que no se vendió como todos los bienes que les intervinieron a los padres ignacianos por estar dedicada a fomentar con sus productos las misiones de California. Esa hacienda las utilizaba el Estado con mucho provecho para favorecer graciosamente a aquellos sujetos que le convenía tener gratos.

Siguió el coronel Iturbide en México medito alegremente en un alborotado desenfreno.

Escribe don Vicente Rocafuerte que “vivía sólo entregado al juego que es una de sus favoritas pasiones, y abandonado a sus vergonzosos amores”. El irrecusable don Lucas Alamán, dice: “Iturbide en la flor de la edad, de aventajada presencia, de modales cultos y agradables, hablar grato e insinuante, bien recibido en la sociedad, se entregó sin templanza a las disipaciones de la capital, que acabaron por causar graves disensiones en el interior de su familia”, o sea, que estaba muy separado de su esposa, la rica doña Ana maría Huarte. Don Agustín pasaba de pasión y llegaba a desatino y locura. Con abundante prodigalidad derrochaba y así deshizo una gran máquina de bienes. Sólo empleaba la noche en liviandades, “en medio de una sociedad –cito a Poinsett- que no se distinguía por su moral estricta, él sobresalía por su inmoralidad”. El mismo en sus Memorias que dictó a su sobrino don José R. Malo, afirma que al retirarse a la capital del virreinato fue a seguir “cultivando sus pasiones”. Vida abrasada y frenética.

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