Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomeli

Aves de rapiña

La tierra iba cubriendo aquel cuerpo sin vida, el patriarca de una familia  abandonaba este mundo. La viuda con asombro no creía lo que vivía, el apoyo de sus hijos era incondicional, pero un pedazo de su alma quedaría sepultado en aquel sepelio, con palabras entrecortadas se escuchaba.

-Amor mío, te has marchado, me quedé sola en un  inestable sosiego, gracias mi amor por todo lo que en vida nos ofreciste, gracias por tu compañía incondicional, por tus esfuerzos, por la entrega que en cada momento de la vida nos ofreciste, por lo compartido, desde el día que nos conocimos fuiste mi gran amor, gracias también por el hijo nuestro, por los principios que en él lograste sembrar, y por tus  hijas que se encuentran a mi lado, fuertes, inteligentes y honestas. Figura ejemplar. Dueño de tus proyectos y sueños de vida.

Esas eran las palabras   de una mujer enamorada y ahora madre sola, que contaba con una fuerte cantidad de dinero, que el esfuerzo de su esposo había logrado para asegurar la vejez de la dama a quien tanto amó.  El luto de la señora tendría aproximadamente tres meses, los suficientes para que aquellos hijos ni tardos ni perezosos comenzaran a  trabajar la enorme herencia que protegería a la desamparada viuda, grandes y fabulosos negocios aparecían ante los ojos de la señora. El hijo de quien ella se sentía orgullosa comenzaba a rondar como buitre las carnes olientes a dinero.

-¡Madre!  Con el dinero que mi padre te dejó podemos armar grandes proyectos, con la idea de hacer que las ganancias que te reditúen puedan mantenerte y tu capital quede intacto ¿Qué te parece si levantamos una vecindad? La mujer con la pena reciente sin entender del todo la muerte de su compañero, preguntaba.

-Hijo y en qué terreno sólo tengo el dinero.

-Mira mamá, si compramos un predio podremos hacerlo y de esa manera tú estarías asegurada de por vida con tus rentas, sólo ocuparíamos un  millón ochocientos mil pesos, ¡claro que yo solo te administraré y tú recibirás todas la utilidades!-. Inteligente, se aseguraba de dar confianza a la mujer que le dio la vida.

-Dame unos días para pensarlo-. La ingenua madre acariciaba el cabello y admiraba la nobleza de su retoño. Javier, impaciente esperaba la respuesta. Cada uno de los hijos trazaba planes para apoderarse de la fortuna de su progenitora. Días más tarde, Laura,  la hija menor, visitaba a la madre con algo parecido.

-Mamá ¿cómo estás?  Te veo decaída, triste, tienes que salir a distraerte. ¡No soporto verte así!-. Acariciaba su canoso pelo y besaba su frente, con gran realismo depositaba un beso en la mejilla de la señora de la tercera edad.

-¿Cómo quieres que esté hija? Apenas hace uno meses de la separación,  estábamos tan acostumbrados el uno al otro, éramos uno solo, sus alegrías eran las mías, sus triunfos los míos, compartíamos las mismas tristezas, cómo me pides que esté bien.

-¡Bueno, bueno! Tenemos que hacer algo para apoyarte! Qué te parece si ponemos una agencia de viajes, tienes suficiente dinero y creo que eso te caerá muy bien; Roberto, mi esposo,  nos podría auxiliar con la administración, él te quiere mucho, ¡como si fueras su propia madre!  En contadas ocasiones me lo ha manifestado.

-No lo sé hija, déjenme pensar-. El anzuelo ya estaba rondando a la víctima, sólo esperaba que lo mordiera.

Araceli, la hija mediana, al darse cuenta de las malas intenciones de sus hermanos, con inteligencia prevenía a su progenitora.

-Madre, no vayas a soltarles dinero, ¡qué raro que nunca te visitaban y ahora que murió mi padre no salen de aquí!-. No madre, éstos traen algo entre manos, ten mucho cuidado. La ingenuidad de toda madre la llevaba a protestar por el comentario de quien en verdad la protegía.

-No pienses mal de tus hermanos hija,  ellos sólo quieren protegerme, pero bueno, está bien,  lo pensaré antes de tomar decisiones-. Pocos días después, el hijo unigénito regresaba por aquella respuesta tan esperada,

Madre, qué decidiste sobre el gran proyecto que te ofrecí para asegurar  tu futuro.

-No sé hijo,  tengo miedo-.

– Nada que temer madre, yo estoy detrás de ti para apoyarte y protegerte hasta el final-. La facilidad de palabra era interminable, aquel amor por su madre parecía real y poco tiempo después,  una gran construcción se levantaba en un terreno baldío. Y un gran condominio lucia con un letrero que decía: se rentan departamentos.  Los primeros meses de rentas auxiliaban a la viuda, pero en poco tiempo las visitas a la señora se comenzaron a distanciar; Juana, al darse cuenta de la ausencia de su hijo, lo llamó por teléfono.

-Hijo no has venido a verme, ¿qué ocurre?

-Nada madre,  nada, sólo que estoy modificando el edificio y eso cuesta dinero, no seas desconfiada por favor.

-No hijo, no es eso, sólo que me preocupas.

– Bueno, no te mortifiques  el fin de semana te llevo dinero.

¡No, no, no te preocupes por eso hijo!

-. El vividor pensaba en sus adentros.

– Bueno madre,  no me preocuparé, ¿te lo prometo como todo hijo obediente eh? Jajajajajajaja.- Colgaba el teléfono preparando aquel fin de semana entre botellas de vino y mujeres hermosas, costeándolo todo con el dinero de su madre.

Por otra parte, Laura y su esposo, lucían en carros último modelo, la agencia de viajes extrañamente daba para todo, menos para su dueña, conocieron gran parte de Europa, Asia y el continente americano, el dinero desaparecía como por arte de magia de las cuentas bancarias de la viuda, aquel negocio era otra hermosa realidad  para la hija menor.

En cierta ocasión  el cancel de aquella residencia se rompió de una bisagra, tomando el teléfono llamó al herrero para la reparación de la hoja de lámina,  el costo era alto, sí. Lo suficiente para darse cuenta que se encontraba en bancarrota.

Aquel amor desmedido a sus hijos,  la orillaba a que al cabo de dos años la señora Rangel tendría que vender su casa, dinero que se utilizó para el mismo proyecto, mantener el amor de sus hijos cerca de ella.

Su realidad era cruel, pero cierta,  se encontraba  irremediablemente en bancarrota, las aves de rapiña no daban tregua al descanso de corromper los dineros de la herencia; Susana, la hija protectora, no paraba de advertir a su madre-

-Mamá, ¿qué no vez que estos vividores sólo te buscan por tu dinero?  ¡Madre, no te quieren, entiéndelo!

-No hables mal de tus hermanos hija, ellos son buenos, no han salido bien los negocios, pero no hija, ellos no me harían un mal con la intención de perjudicarme, no me mortifiques.

-No, mortificadas vas a estar cuando estos buitres te lleven a un asilo y no vuelvas a saber de ellos, mamá por favor,

+Bueno, para que estés tranquila, les pediré cuentas ahora que vengan y ya verás cómo te tapan la boca.

Quince días después de la plática con su protectora llevaron a visitar a la señora Rangel.

-¡Madre, cómo estás,  que gusto verte!-. Decía el hijo, mientras que Andrea entraba a la casa saludando de similar manera.

-Mamacita, te he extrañado tanto-. La protectora respondía al instante.

-¿Pues a la mejor ya ocupas más dinero verdad?

.¡Aaaaaay, ¿por qué dices eso? ¡te desconozco!

-¡Más bien conóceme ahorita!  Ya me canse que estén explotando a mi madre, queremos cuentas de todo lo que se les ha entregado. Tú sinvergüenza vividor, vendiste los departamentos ya no existen y tu maldita arpía terminaste con la agencia de viajes para poder darle la vida de padrote a este tipo, paseándolo por todo el mundo, a costa de la herencia que mi padre le dejó a ella.

-No, hijos, ¿vedad que eso no es cierto?-. Jorge rascaba la cabeza destapando su juego.

-Pues sí madre,  la verdad es que los departamentos quedaron con muchos detalles y no convenía que los conserváramos.

-¿Y el dinero dónde está hijo?

-Se perdió madre, no sé, se perdió todo.

Y la agencia hija, ¿qué pasa con ella? Era tiempo de destapar sus cartas y lo hizo de esa manera la vividora.

-Pues también madre, se fue a la quiebra, malos pasos y la verdad no tienes nada.

-¡Pero yo confié en ustedes! Tengo casi noventa años, qué va a ser de mí.

Bueno, eso no sería un problema madre, hay asilos que están muy bien atendidos, con lo poco que te queda podrías bien pagar  la estancia en uno de ellos.

Con cólera incontrolable, respondía Alicia.

– ¡Son unos buitres, aves de rapiña!  ¡Utilizaron a su madre para vivir a sus anchas! ¡Pero todo se paga en esta vida y ojalá cada peso robado se les convierta en sal!

-No hija, no digas eso de tus hermanos.

-Madre, te robaron, ¿qué no lo ves?

-No lo hicieron con mala intención, ¿verdad hijos?-. Buscaba la disculpa de sus retoños esperando se defendieran, pero todo estaba claro, los dos vividores agachaban la cabeza declarándose culpables. De la anciana rodaban lágrimas que mostraban la tremenda decepción.

Increíblemente en tan sólo dos años desaparecieron 200 millones de pesos, todo en negocios fallidos, pues el lujoso condominio desapareció,  aquellos  viajes a todo el mundo, bueno de vez en cuando sacaban a la vieja a Puerto Vallarta o Manzanillo y con eso evadían cualquier interrogatorio monetario.

 

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