En la columna

Por Manuel Sánchez de la Madrid

 

Y llegó diciembre

Diciembre, para mí el mes más bonito y triste del año, Colima -que es una ciudad hermosa- duplica su belleza en el último mes del año, contribuye la temperatura, “está haciendo fresco”, decimos los colimotes, anochece más temprano y la penumbra, la media luz de la tarde noche invita a compartir el calor humano.

Pero el espectáculo visual lo hacen las “inditas”, las mujeres devotas de la Virgen de Guadalupe, rescatan del ropero su vestido elaborado en manta blanca y bordado en punto de cruz con hilos rudos color rojo intenso, el huipil son dos piezas unidas a los lados con el hilo que refiero, es rabón y la falda es amplia y hasta el suelo, al frente destaca la figura de la Guadalupana hermosamente bordada.

Una cenefa a todo lo ancho de la falda en uno o dos pisos hacen lucir el total del ajuar. Las “indias” usan sandalias ligeras, su tocado es también de manta y el borde está tejido en una franja gruesa con el hilo rojo intenso.

Qué bonitas se ven, parecen palomitas rezando, que van de visita lo que dura el docenario, acuden a un llamado que es la tradición, que es el amor, la veneración a la Virgen Morena del Tepeyac.

Los varones también demuestran su devoción, usan una vestimenta especial, un huipil de manta, un pantalón cruzado amarrado a la cintura con una cuerda que sale de cada borde de dicha prenda de vestir que lo atan al centro del cuerpo y encima un ceñido de tela en varios dobleces, en los extremos unas barbas como de deshilado, lo anudan al talle un poco a la cadera derecha y calzan guaraches de correa, el sombrero es el típico colimote de cuatro pedradas.

Me refiero a los feligreses que año con año cumplen con mandas o por el gusto de ser leales a la tradición. Acuden mujeres y hombres solos y en familia, muchas veces con niños de ambos sexos a los que se viste con la moda de los adultos y así van heredando la costumbre atávica que quizás tenga su origen en la época colonial y subsiste inamovible, arraigada, hasta nuestros días.

Frescas están en mi memoria las danzas, las había originarias de los pueblos en donde el indigenismo se conservó, se decía que en Juluapan, en Ixtlahuacán y en Suchitlán había ancianos que se reunían para hablar en náhuatl.

La casa paterna fue durante más de diez años, en la calle Degollado, muy céntrica, sin embargo la ciudad terminaba dos o tres cuadras al sur, en los muros de la huerta del Boliche.

Ignoro por qué, pero en la calle José Antonio Díaz esquina con Santos Degollado, entrenaba un grupo de danzantes, lo hacía por la noche en tiempos en los que el alumbrado público era muy deficiente, un foco de 50 watts al centro de algunas bocacalles que poco iluminaban, el ritmo del tam tam de un tamborcillo, la chirimía y los versos referentes a arcángeles y alegatos con lucifer y no sé cuántos otros personajes relatados por el cabecilla, yo diría cacique, y años más atrás el tlatuani nos metía curiosidad y miedo, pero ahí estábamos viéndolos en la penumbra.

Las sombras largas, las sonajas y los cascabeles amarrados en los tobillos, todo era un espectáculo que los vecinos disfrutábamos y el mero día en que se festeja a la Morena del Tepeyac le danzaban en el atrio de la centenaria Catedral ante cientos de feligreses que se fundían en una masa humana formada por personajes pertenecientes a todos los sectores sociales y económicos de la ciudad.

¿Y los faroles?

¿Qué pasó con los faroles en cada ventana, los hilos de faroles y de papel picado, los pasa calles? En el barrio de la Salud conservan esa tradición, por lo menos en las arterias cercanas al querido templo.

Precioso diciembre, una combinación de olores a pinole, a bolas de maíz melado, golosinas, varitas con manzanas igualmente cubiertas de azúcar derretida.

De ahí la tristeza, el recuerdo está ahí, pero las personas amadas no, se han adelantado y son las costumbres que líneas arriba reseño que tanto disfrutaron, que gustamos juntos y me remonto a mi niñez, a mi actualidad que me hace vibrar las fibras del alma, extraña combinación de alegría y recuerdos alborozados que amalgaman con el dolor y la añoranza.

Apenas inicia diciembre, disfrutémoslo y quedémonos con lo que alegra y gusta, sin olvidar ni rechazar lo que entristece y duele.

 

 

 

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