Reflexiones de vida

Por Eduardo Lomelí G.

Bullying escolar

Jaime era un niño que sufría el abuso del bullyng en la escuela Sergio y Alberto líderes de las pandillas de aquel centro escolar no perdían oportunidad para complicarle la vida, la paciencia del niño llegaba a su límite, esa tarde al salir de la escuela Sergio cerró el camino de Jaime mientras Alberto reía a carcajadas lanzándolo con las manos al niño haciéndolo caer de espaldas sobre la tierra diciéndole con saña.

-Levántate mariquita que llego la hora de tu medicina.

-No quiero pelear Sergio mejor cálmate-. Volteando a ver a Alberto con burla repetía la frase retadora.

-¡Levántate mariquita!-. Pateándole las piernas una y otra vez, Jaime cansado de las continuas injusticias hace por defenderse tomándolo de los pies logra tumbarlo dándole dos puñetazos en el rostro se levantó del suelo, tomó su mochila caminó rumbo a su casa, Sergio no podía permitir la humillación que sufrió, Alberto le diecia con burla.

-Jajajajaja se te puso rejega la presa Sergio, nadie te respetará si no lavas tu honor-. Eso era algo que no podía permitir, el respeto de toda la escuela lo perdería, se levantó sacudiendo sus ropas y a paso rápido alcanzó a su rival, cobardemente lo atacó por la espalda apretando su cuello hasta dejarlo inconsciente al ver que no se movía, corrió espantado mientras que los compañeros trataban de volver al niño gritándole con fuerza.

-¡Lo mataste Sergio, lo matasteeeee!-. Esos gritos retumbaban en el victimario, sus ojos comenzaban a llorar por los miedos y el arrepentimiento, Alberto desapareció del lugar deslindándose de responsabilidades, Sergio. Al llegar a su casa con rapidez buscó una imagen religiosa de rodillas suplicaba.

-¡Que no se muera Diosito que no se muera y te prometo no volver a pelear!-. Toda la tarde los nervios del chiquillo se encontraron en alteración total, la mañana siguiente con todos los miedos acudió a la escuela esperando los comentarios y reclamos de los compañeros, al entrar al aula, Jaime no se encontraba entre los alumnos, su cuerpo sudaba fríos escalofriantes al sentirse un asesino, la maestra no decía nada, las miradas acusadoras de los compañeros que presenciaron los acontecimientos lo fulminaban, serían las once de la mañana en la puerta de aquel salón se encontraban los padres de la víctima, la maestra se levantó de su escritorio para brindarles atención

-Buenos días qué se les ofrece-. Preguntaba la educadora.

Buenos días maestra ayer mi hijo sufrió un ataque físico y se encuentra muy grave hospitalizado uno de sus alumnos lo atacó por la espalda apretándolo del cuello, logrando lastimarle la tráquea, no es posible que ustedes no se percaten de ese tipo de agresiones señorita.

-¿Quién lo agredió, tiene el nombre del niño?

-Sergio solo sé que se llama Sergio.

-He tenido muchas quejas de ese niño, pero esto debió suceder fuera de las instalaciones porque aquí no se le permite a nadie fomentar el bullying, usted ha de comprender que fuera de la escuela los responsables son ustedes los padres, es por ese motivo que se les pide los recojan personalmente. Pero pondremos remedio a esto-.

Llamando al agresor le solicitó fuera por sus padres o les proporcionara un número telefónico para citarlos de esa manera los padres de Sergio hicieron acto de presencia en la escuela pero al hacer

de su conocimiento la “travesura” de su hijo el padre respondió indiferente a los resultados del enfrentamiento infantil.

-¡Hayyy señorita son niños que daño pueden hacerse por favor no sean escandalosos son solo niños!-. El padre del agredido respondía con serenidad pero indignado.

-No se equivoque señor, un pleito entre chiquillos es tan riesgoso como el de un par de adultos, es muy cierto las fuerzas de su hijo son de un niño, pero también el organismo del mío es tan débil como el de un infante, y de la misma manera se puede arrebatar la vida con la misma facilidad, que entre adultos señor.

-Bueno no lo había pensado de esa manera-. Respondía el padre de Sergio, meditando las palabras del ofendido hombre, mientras que el otro continuaba dando un ejemplo certero.

-Mire amigo para mí o para usted, las fuerzas de su pequeño son insuficientes y no podrían hacernos daño porque nuestros cuerpos los órganos de nosotros ya maduraron están correosos como se dice por ahí, pero los de una criatura son débiles y las fuerzas de otro niño son suficientes para arrebatarle la vida a otro de su misma edad.

Las razones del ofendido padre entraban en la mente el señor, comprometiéndose a pagar los daños ocasionados al pequeño y poniendo un correctivo definitivo a su hijo evitando más agresión física y psicológica.

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