Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomelí

Rodando se encuentran las piedras

El patio de aquel penal se encontraba ausente de reclusos, sólo Rogelio Amezcua ausente de la vida caminaba, no entendía el destino trazado, su mirada se perdía en la nada, sentándose en una banca meditaba con profundidad, un hombre de cincuenta y cinco años lo observaba a la distancia, con paso lento se aproximó al compañero de presidio, tomando asiento dio inicio con un tema que destrozaría su tranquilidad.

-¿Cuántos años te echaron muchacho?

-Veinticinco amigo. ¿Y a ti? -. Respondía Rogelio cabizbajo mirando al hombre mientras que el preso repondía.

-Muchos años pero ya me quedan solo unos meses para cumplir mi condena, eso no importa y cuéntame tus padres, familiares, ¿dónde están? ¿Por qué nadie te visita?

– Jajajajajaja ¡mi madre!, sólo una víctima de mi padre y mía.

-Cuéntame sobre eso si crees que te puede ayudar en algo el desahogo, sugería el hombre mayor sin esperar tan estrujarte historia, Rogelio mirando al cielo comenzaba su relato.

-Tendría escasos cinco años de edad, vagamente recuerdo a mi padre, aquellas tremendas borracheras, las golpizas que le propinaba a mi madre, yo era un niño, no podía defenderle mientras el ensañado la golpeaba hasta dejarla inconsciente, un día ella se cansó de la vida que llevaba, se armó de valor y lo corrió de casa, la tranquilidad llegó a su vida, jajajaja pero por poco tiempo, los años que yo tardé en comenzar a divagar por las calles a tomar malas mañas, drogarme, aprendí a robar y en este caso a cometer un homicidio, un hombre quiso golpear a mi madre, jajajajaja, ya parece que lo permitiría, ese topo no era mi padre y ya no era un niño, de él si podría defenderla, le quité la vida, es por lo que me encuentro en esta cárcel.

-Pero tu padre, ¿no intentó reconquistar a su mujer? ¿No te buscó jamás?, que pasó con él.

-Jamás volvimos a verle, fue un cobarde que me abandonó sin importarle mi educación, mi madre hacia lo que humanamente podía, pero yo era rebelde, agresivo, jamás tuve la mano dura de mi padre para corregirme, sé que soy responsable de mis actos pero si él hubiera estado a mi lado, si no hubiera sido un maldito alcohólico, drogadicto irresponsable tal vez yo no estuviera aquí.

-¿Y que es de tu madre, donde está?-. Preguntaba el cuestionador sudando frio y soportando los escalofríos que corrían por su cuerpo.

-Ella está muy enferma, casi sin poderse valer por sí misma. Las preocupaciones que yo le causé y el abandonó injustificado del cobarde de mi padre la han postrado en una cama.

-¿Como se llama tu madre?, temeroso preguntaba el presidiario mayor.

-Rocío Amezcua Valdez, como vez amigo, ni sus apellidos traigo, no sé qué daño le hicimos para que nos lastimara tanto, no lo sé de verdad-.

-¿El nombre de tu padre lo conoces?

-Claro, Rolando Trujillo. Perdóname muchacho, jamás pensé en lastimarlos tanto.

-¡¿Quééééé?! ¿Y usted porque se disculpa conmigo? , preguntaba el joven mirándolo desconcertado.

-Porque yo soy Rolando Trujillo, tu padre, el cobarde que como bien dices los abandonó, pero te aseguro que caro pagué mi error.

– ¡No puede ser cierto!

-Pero lo es muchacho, si tú me perdonas te aseguro que buscaré a tu madre y me haré cargo de ella, buscaré la forma de sacarte de aquí.

Las miradas penetrantes, duras con la frialdad que sus vidas había puesto en ellos eran fijas sin parpadeos, las lágrimas rodaron de sus ojos, después de un largo momento un fuerte abrazo fundía dos cuerpos, las lágrimas se entremezclaban, las disculpas no cesaban. Al paso de tres años Rolando logró la recuperación de su esposa y la libertad de su hijo peleando la legítima defensa.

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