Reflexiones de Vida

Por Eduardo Lomelí

La ira

Aquella noche era completamente obscura, la hora de dormir llegaba, Gerardo y sus dos hermanos menores después de la cena se disponían a dormir, al abrir la puerta de madera de su recámara se encontraron con la cama invadida de gatos en celo acosando a una felina, la ira se apoderó de Gerardo, como rayo tomó un tronco de madera ordenado a sus hermanos:

-¡Cierren la puerta, que no salga un uno solo!-. Sus ojos se distorsionaban, los niños cerraban la puerta obedeciendo pero fueron lentos, salieron todos los gatos, sólo la felina quedaba adentro. Gerardo empuñando el tronco decía:

-No importa, esta ramera pagará por todos los malditos animales que estaban sobre mi cama-. Comenzó a seguirla por todo el cuarto diciéndole:

-Ven que te quitaré las calenturas maldito animal-. La gata maullaba con terror, corría de un rincón al otro, Gerardo la seguía eufórico, los niños espantados se abrazaban sobre la cama, el pánico comenzó a apoderarse de ellos.

-Ven pequeña, ven-, decía cauteloso el joven de quince años, un golpe certero dejaba a la felina sin aire cayendo al suelo desde el ropero donde se encontraba, un golpe y otro tras otro en la cabeza de aquel animal se la destrozaban.

-¡Toma desgraciada, a ver si vuelves a meter gatos a mi cuarto! Una vez que el animal no se movía, Gerardo se sentó sobre una silla de madera diciéndole a los hermanos menores:

-Sacudan las cobijas-. Su respiración no era normal su corazón latía con fuerza, se levantó de la silla y tomando un costal metió el cuerpo sin vida de la felina dando una nueva orden.

-Acompáñenme a tirar esta prostituta al llano-. Los pequeños aterrorizados obedecían, se dirigieron a un enorme terreno que se encontraba a unas cuadras de su casa, sobre un basurero dejaron tirado el costal con la gata dentro, volvieron a su casa, se recostaron comentando entre ellos:

– No, la verdad si te pasaste Gera, le desbarataste la cabeza-, comentaba el más pequeño y decía el otro,

– Sí, yo tenía mucho miedo de verte tan enojado.

-No se preocupen esa gata no vuelve por aquí-. Habría transcurrido una hora del acontecimiento, cuando el sueño se comenzaba a apoderar de ellos , fuertes golpes resonaban sobre la puerta de madera.

-¿Qué pasa madre? ya estamos durmiendo. Pero la mamá no daba respuesta y volvían a sonar los golpes en la puerta pero con más fuerza, sin remedio se levantó para abrir pero no encontró a nadie, una fuerza extraña lo obligaba a voltear al piso, ahí estaba la gata que dirigía su cabeza hacia él pero sus ojos botados de los orificios de la cara colgaban apuntando al suelo.

– ¡Aaaaaaaay mamacita!-, gritó con fuerza despertando a los hermanos.

– ¡Carnalitos carnalitos la gata ahí está en la puerta, despierten pronto!

-Es tu conciencia qué, ya duérmete.

No, de verdad ahí está, me quiere mirar pero los ojos los trae botados-. El más pequeño de ellos que era todo un valiente, o sea yo, despertaba al otro hermano, a ver vamos a la puerta para desengañar a este chavalo, al abrir la puerta en efecto ahí estaba la felina que arrastrándose llegó a la puerta del dormitorio,

-¡Aaaaaaaay nanita, si está Nico, es la gata! ¿Qué hacemos ahora? – Gerardo se encontraba lleno de pánico pero mi inagotable valentía los mantenía de pie. Organizándose de nueva cuenta regresaron la gata al llano pero en esta ocasión se aseguraron amarrando el hocico del costal, al

volver a su casa llenos de miedo comenzaron a rezar todo lo que sabían, la noche transcurrió lenta pero al fin amaneció, los miedos de Gerardo eran extremos y su arrepentimiento mayor al levantarse de la cama y salir a la calle. Al abrir la puerta que daba a la calle fue tremendo lo que miraron, la gata se encontraba ahí, ¡ufffffff ¡ respiraba como acusando a su asesino. Como de rayo entró por sus hermanitos y contando lo que sus ojos miraron los tres salieron a la calle, el costal ya no estaba ahí, el hermano mayor se encontraba confundido diciendo con seguridad:

-Les juro que aquí estaba ahorita que salí, uno de los hermanos sugirió:

-Vamos a donde lo tiramos para ver si está en el basurero-. Dirigieron sus pasos al llano, mmmm, en efecto el costal estaba en el lugar que lo habían dejado, la felina maullaba con dolor que carcomía dentro de Gerardo, diciendo:

-Me ganó la ira, no debí hacer esto, si pudiera regresar el tiempo; en un segundo hacemos cosas que nos marcan para siempre y que ya no tienen remedio, pobre animal, a diario le rezaban a la gata, tanto tiempo lo hicieron que se aprendieron de memoria la santa misa que viene en los libritos de la primera comunión.

Jamás permitamos que alguno de los siete pecados capitales nos orillen a cometer actos vergonzosos que sólo marcaran nuestra existencia, y que ni nosotros mismos podremos perdonarnos.

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