Vida espiritual

La Semana Santa es la conmemoración anual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, es un período de actividad litúrgica dentro de las diversas confesiones cristianas. Inicia con el Domingo de Ramos y finaliza el Domingo de Resurrección, aunque su celebración suele partir el Viernes de Dolores.

Precedida por el tiempo de Cuaresma, en la Semana Santa se celebra la institución de la eucaristía en el Jueves Santo, se conmemora la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo y la Resurrección en la Vigilia Pascual durante la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

En este periodo, que también es de asueto escolar y laboral en los tres niveles de gobierno (al menos el jueves y viernes santos), tienen lugar numerosas muestras de religiosidad popular a lo largo del estado, el país y el mundo, donde sobresalen las procesiones y las representaciones de la pasión.

Lo que se promete en esta época se debe cumplir, no aplazar ni soslayar, pues es tiempo propicio para la conversión para bien y no para mal. Se abre un paréntesis -en nuestras aceleradas formas de vida en la que permea la desgastada frase de no tener tiempo cuando hay más tiempo que vida- para encauzar el sesgo espiritual, la reflexión, el autoanálisis, el hacer un alto en el camino para definir si se está en el sendero adecuado o se da un golpe de timón.

Es tiempo de donar, ayudar al prójimo, de orar, de perdonar, de ejercitar la buena voluntad y, sobre todo, de estar más cerca del Creador, hacer las paces con él. No se trata de buena voluntad o de un catálogo de buenas intenciones, sino de cristalizar. Sólo es cuestión de decisión.

Es menester hacer propósitos concretos y de tratar de cambiar algunas cuestiones torales que son lesivas y, por ende, nos hacen daño a quienes nos rodean y a nosotros mismos. La Semana Santa, pues, es clave para la vida espiritual.

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