Reflexiones de Vida

Por Eduardo Lomelí

Cuando el dinero nos engaña

Aquel joven se encontraba en unos callejones oscuros esperando a la víctima para robarle el dinero, a paso lento un viejo sabio se aproximó a él saludándole con cortesía.

-¡Buenas noches amigo!.

-Hola anciano ¿que se te ofrece por aquí?

-Evitar que cometas una injusticia.

-¿Y tú quien eres viejo?

-Me conocen como el andante Cristóbal, y tú ¿cómo te llamas?

-José amigo, José-. ¿Qué quieres decir con eso?

-Que no robes a ese señor, que él con muchos esfuerzos ganó su dinerito durante quince largos días, en alguna ocasión platiqué con un hombre que en su juventud fue ratero, la vida querido amigo, en muchas ocasiones nos golpea con gran fuerza, ese hombre me contó esta historia José. Diciéndome así comenzó su relato.

El joven delincuente solo miraba con atención al viejo andante mientras él continuaba.

“Cristóbal, tengo un hijo al que no veo desde hace quince años, se que es un triunfador y de hecho disfruto las satisfacciones y logros de mi hijo, pero también sufro ante la posibilidad de una mala noticia, la preocupación por mi hijo que está lejos golpea mi mente, le pido a Dios que lo ilumine y no lo deje ver todo a través del dinero, porque es verdad que el dinero es parte importante en la existencia, pero con él no se compra la tranquilidad que nos regala el respetar los reglamentos de vida, el dinero es causa de separaciones, odios entre familiares, incluso destrucción de la misma, con qué facilidad arrebatamos la vida de un desconocido para despojarlo de lo que no es nuestro, pero esas monedas brillantes con sello nacional queman nuestras manos y esperamos el momento más rápido para deshacernos de ellas para convertirlo en dinero limpio y lo disfrazamos con palabras elegantes, lavado de dinero, nos engañamos a nosotros mismos, pido a Dios que cuando llegue el momento de emprender el regreso a la casa del Todo Poderoso, tenga una mirada de misericordia para este pecador que fue delincuente y que por miedos tuvo que alejar a su hijo, pido que ilumine mi camino a la eternidad.

Decía mi madre viejo Cristóbal, que un buen arrepentimiento a la hora de la muerte puede salvar a un hombre, los momentos más hermosos al lado de mi madre fueron los que viví cuando la pobreza más nos acosaba, ella me enseñó a enfrentar las adversidades, pero yo fui necio y me perdí en los falsos caminos de la calle.

-Sí José, con lágrimas en sus ojos me decía aquel hombre el arrepentimiento que reinaba en él. El joven sorprendido por la facilidad de palabra de Cristóbal levantaba la mirada al cielo diciendo:

– “No sé quién eres anciano pero tus frases me hicieron recordar momentos difíciles de mi niñez, buscaré un trabajo anciano, tus palabras me convencieron-. Se despedía mientras Cristóbal cruzaba su mano sobre la espalda de José, los dos se perdían en aquel callejón oscuro, sólo se escuchó la voz de Cristóbal diciendo:

-“Y el pan que eches a tu boca te aseguro lo disfrutarás como el más exquisito manjar, porque fue fruto de tu esfuerzo amigo.

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