Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomelí

Cuanto debemos

El recuerdo imborrable de un padre es lo que lo hace ser el héroe de tu vida, los gratos momentos tarde o temprano renacerán en tu mente y corazón.

Recuerdo aquella tarde de un domingo, mi Papá y yo caminábamos por una comunidad de Jalisco, era un día del padre, la tarde era nublada el fresco de la noche comenzaba a caer, frente a nosotros se presentan unas mesas con manteles en la banqueta de la casa de doña Josefina mujer que se dedicaba a la vendimia de cena los fines de semana, mi padre atravesando su brazo sobre mi espalda me comentó.

-¿Quieres cenar hijo?, yo, glotón de nacimiento lamiéndome los bigotes respondí.

-Pues nos echamos un pozolito jefe como no-. Mi padre sorprendido respondía a mi petición

-Pues vámonos sentando aquí en esta mesa, pues que le pasó a doña Jose ¡ahora hasta con manteles y toda la cosa eh!

– Bueno el negocio va creciendo apá y tiene que mejorar la imagen.

– Bueno pues eso sí-. Con toda la seguridad mi padre llamaba a la hija de doña Josefina.

-¡Muchacha! ¿Puedes venir?

Si don Nico ¿en qué le puedo servir?

-Bueno a mi me traes un pozolito con mucho cachete, trompita y oreja, tu hijo que quieres

-Pues lo mismo para no ser menos jefe-. La chica nos miraba y volteaba a ver a su madre, la misma que le hacía con señas que nos atendiera, una vez recibiendo la orden nos respondía con amabilidad.

-Si don Nico ¿qué más le traigo?

Ah pues una agüita de horchata para cada uno.

-Está bien-. La atención era sorprendente la chica arrimaba tostadas rábanos limones chile de árbol, todo en vajilla de primera calidad, comimos como nunca lo esperábamos. Al terminar mi padre con el caldo del pozole llama a la muchacha diciéndole.

-¿Me podrías traer más caldito para terminar con esta carnita que me está haciendo ojitos?

-¡Claro don Nico algo más!

-No gracias es todo. Volteando a verme preguntó

-Y tú estás bien-. Respondí ingenuo.

-Sí, unas tostadas por favor-. Con toda la calma del mundo continuamos hasta saciar el apetito que traíamos, mi padre llamando una vez más a la chica pregunta.

-¿Cuánto te debó muchacha? – la damita regalándole una sonrisa respondía con mirada traviesa.

-Nada don Nico, no es nada. Pero como que no es nada, n,o eso no es justo ve todo lo que comimos, dime cuanto es ándale.

-De verdad no nos debe nada-. Mi padre dirigiéndose a doña Jose le dice.

-Doña Josefina ¿cuánto le debemos? su hija no quiere cobrarnos, sé que somos vecinos pero no, lo del agua al agua.

-¡Nada don Nico, nada! lo que sucede que no estamos vendiendo, le pensamos festejar el día del padre a mi marido y no al público, por eso no bajamos las mesas a la calle, pero nosotros le invitamos esta cena ¿Qué le parece? -¡Uuuuffff!, a mi padre se le iba y venía el color de la piel, pues comimos como náufragos recién rescatados de la isla, yo lo miraba con la misma pena, sólo queríamos retirarnos del sitio lo antes posible. Respondiendo mi padre.

-Doña Jose, muchas gracias que pena, pero les debo una, muchas gracias, nos levantamos de la mesa y con la mirada al suelo caminamos por la calle, al paso del camino sólo me abrazó mi padre diciéndome.

-Estas son las aventuras de un padre con su hijo, momentos inolvidables para recordar toda la vida, la próxima vez preguntamos primero mano, jajajajajaja-. Sonoras carcajadas se dejaban escuchar mientras abancalamos el camino.

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