Diálogo Político

Por Manuel Sánchez de la Madrid

Pistolas rentadas que no servían

Todo tiempo pasado fue mejor –y que lo digan-, lo cierto es que la capital del estado de Colima, es otra urbe que poco se parece a la que conocí, en la que viví y disfruté. Fiel ejemplo de la provincia de un México que gracias al desarrollo, el crecimiento urbano, el aprovechamiento de sus características han transformado para lograr el país que tenemos. Colima era una población con grandes limitaciones, un pueblo grande con pretensiones de gran ciudad, con un pasado histórico rico en ejemplos de personajes que lucharon por dignificar la ciudad costeña, destacarla en el concierto nacional e internacional a pesar de los escasos recursos aprovechables.

El país al inicio de la década de los cincuenta no alcanzaba los veintiséis millones de habitantes, la ciudad de Colima apenas se acercaba a los treinta mil. Se modelaba el cimiento de lo que es hoy la catorce potencia económica del mundo con más de ciento veinte millones de mexicanos. Imposible hacer una comparación. Nuestra ciudad ha crecido en lo urbano, la mancha cuenta con avenidas y calles bien trazadas, zonas verdes, centros comerciales, hospitales públicos y privados de primer nivel, teatros modernos en donde se llevan a cabo eventos culturales de nivel internacional.

¡Es cierto!

Pero el Colima pueblerino tenía su encanto, sus carencias y limitaciones contribuían a modelar estratos sociales y económicos bien definidos y conciliados respetando cada quien el nivel que le correspondía, sin que nadie le frenara el esfuerzo por destacar y superarse, tanto que son muchos los capitales respetables, producto del esfuerzo y trabajo que se han integrado a los sectores destacados en la escala social y económica. El ambiente era propicio a hechos, que repetidos por los pobladores en juntas familiares o de amigos, se convirtieron en anécdotas que fueron la alegría de cada tardeada o reunión.

Quienes tuvimos la oportunidad de usar las calles de la zona centro de la capital como canchas para jugar futbol, beisbol, a las “carreras” al “látigo”, de vivir en “barrios” que amalgamaban a diez o veinte familias en una convivencia equilibrada ejemplar, seguimos siendo amigos que cuanto nos es posible nos buscamos a practicar la hermosa costumbre de actualizar alegrías y penas.

Era la ciudad de Colima tan pacífica, que la corporación de seguridad, en ese entonces Policía Municipal, se componía de no más de veinte elementos, que trabajaban turnos de veinticuatro horas, esto hacía que de servicio custodiaban la ciudad y la seguridad de sus habitantes diez parejas, menos las dos que estaban al servicio del gobernador en turno, el alcalde y el edificio del Palacio de Gobierno. Por fortuna era Colima muy pacífico.

La corporación contaba con una unidad motorizada, una carcacha tipo panel que era conocida como “La Julia”, en donde llevaban a la delegación o cárcel preventiva a los “borrachos cansados” o a quienes hubieran participado en una riña ¿robos?, quizás unos cuantos pero de cuantía insignificante.

Cerca del edificio de la presidencia municipal de Colima -que fue convento de Monjes Mercenarios-, vivía una familia que hacía prestamos en cantidades pequeñas, unos cuantos pesos a pagar en una semana o una quincena y como algún pignorante perdiera su prenda, quizás una pistola, ésta se ponía a disposición de quien se interesara en rentarla en un peso diario, de ahí que la mayoría de los uniformados, que no poseían un arma de fuego propia y la corporación no les otorgara una arma de cargo, ahí se hacían de su herramienta de trabajo.

En una ocasión un uniformado se hizo de una arma de fuego que del ”norte” le trajo un hijo que se había ido a “las piscas” y se la regaló a su padre, que era policía. Éste ya con su arma nueva, la estrenó al cinto en una fornitura usada que pudo comprar, se presentó ante el dueño del arma que había usado cuatro o cinco años y se la entregó, pues ya no la necesitaba, “…bien dijo el dueño, te felicito, ahora vamos al corral a probarla, veremos si “truena”, en un predio entre un árbol de limón, un roñoso árbol de guamúchil y algunas macetas con mal cuidados rosales y una planta de yerbabuena, frente a un muro de adobe con la pistola que vieja y todo no se veía mal, abrió la mazorca para certificar que estuviera abastecida, apuntó y jaló el gatillo, el percutor picó el petardo de la bala y nada, no tronó, volvió a intentarlo con el mismo resultado y dijo, “las balas deben ser viejas” y se fue por una carga de balas nuevas, cargó el revolver adoptó la clásica postura abriendo el “compas” de las piernas, la mano y brazo izquierdos en “jarras” a la cintura y apuntó al muro de adobe, el resultado fue el mismo, la pistola “mintió” como dicen los que saben. El dueño le dijo al policía “oye la pistola no sirve” y el uniformado moviendo la cabeza de lado a lado, al tiempo que la mano derecha la sacudía, dijo “…fíjese nomás y yo que por casi cinco años la usé confiado en que estaba buena. Jamás la llegue a disparar, las balas son las mismas con la que me la entregaron. Hay quédese con su fierro”.

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