Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomelí

Un tipo chocante

En el taller de laminado y pintura se encontraba un laminero de muy buen porte, de estampa impresionante, en su lista de clientes se encontraba un señor de extremo cuidado con su auto, cierto día entró a las instalaciones del taller de aquel buen mozo, con el gran carisma que lo caracterizaba recibía a Ramón González.

-Buena tarde amigo ¿en qué puedo servirle? -. Aparte de tipazo, con gran educación el humilde laminero.

-Maestro, quiero que me haga un presupuesto, deseo pintar mi carro.

-¡Claro que sí! ¿Qué tipo de trabajo deseas amigo?

-El mejor, para mi carro lo mejor maestro-. El apuesto laminero después de revisar el auto detenidamente le da el precio.

-Pues un buen trabajo te costaría 5,000 pesos-. Ramón solo pasó saliva casi infartado por el costo mencionando al instante.

-¡Espérate maestro, si solo vas a pintar el carro, no lo voy a dejar guardado todo el año aquí!

El laminero pensaba “no que mucho cariño a tu carrito amigo”, él defendía su cartera y el apuesto laminero su trabajo.

-Bueno, lo que pasa es que el material que me pides es carísimo, de muy buena calidad amigo.

-Sí, pero tú quieres comprar la tienda de pinturas completa, considérame un poquito.

-Está bien, te consideraré, te prometo que si se pintan las llantas, los empaques o calaveras, esa pintura te la regalo amigo-. Sonoras carcajadas se dejaban escuchar de los dos recientes camaradas. El regateo continuaba entre chascarrillos y carcajadas, por fin llegaron a un acuerdo.

Ramón solía mantener su unidad en excelentes condiciones, era de igual manera un hombre de agradable carácter y sangre liviana, lo que por consecuencia lógica hacía compatibles a las personas para que naciera una gran amistad, solo que Ramón González tenía un defecto que a Lalo el laminero le encantaba, su reciente amigo era un tipo chocante a más no poder. En aquella ocasión que cerraron el trato de pintar su auto con grandes resultados, la conformidad de ambos permitía que el tipo chocante se hiciera el cliente más frecuente del laminero; el tiempo corría, parecería hecho adrede, cada quince días el cliente llegaba al negocio con un golpe diferente en su auto, en la defensa delantera en la trasera, en la puerta, en la salpicadera; cierto día Lalo tendría que trasladarse a la ciudad de Guadalajara por algún asunto personal y llamando a su amigo por la mañana de dijo.

-Amigo Ramón ¿qué estás haciendo?.

-Pues trabajando Lalo. Inteligente el laminero le propone.

-Ramón tengo que ir a la perla tapatía te invito a que conozcas-. Responde más inteligente Ramón,

-Ya conozco Lalo voy cada quince días. El apuesto laminero se rasca la cabeza pensando en la respuesta.

-Bueno pero no conoces la calle donde yo vivía amigo.

– Mmmm, ¿tienes que ir verdad?-.

-Pues si por aquel asunto que te conté

-Está bien, ya que termine mis labores pasó por ti a tu taller-. Lalo pensaba, “ya la hice pero falta el otro favor” sin pensarlo soltó la bomba.

-¿Pero nos vamos en tu carro?

-¡Nooo!, si quieres también le pongo gasolina y pago las casetas amigo.

-No, la verdad ya me parecería mucho abuso, yo las pago, solo nos vamos en tu nave ¿sí?

-Está bien, ahí paso por ti-.

Tal como lo acordaron llegó por él. Salieron a carretera a una velocidad de 90 kilómetros por hora, Lalo pensaba, no me explico cómo a esta velocidad golpea tanto su carro, Ramón se percataba de la desesperación del hiperactivo laminero diciéndole.

-¿Está bien ésta velocidad?

-¡Sí, claro!, pero la verdad yo ya hubiera llegado mano, ah pues llévatelo tu ándale, sirve que yo descanso, entre plática y cafés fueron y vinieron. Los detalles del carro de Ramón continuaban y con gran frecuencia el carro está internado en el taller del amigo.

Definitivamente Ramón González es un hombre chocante y Lalo feliz con el defecto de su amigo.

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