Vereda Anónima

Por Dalal El Laden*

“Escriba, escriba lo que sea”

Federico Vegas ha dicho que acostumbra escribir en las mañanas, antes de bañarse, para que las ideas no se le escapen con el agua.

Cierto, algo pasa cuando apenas despertamos: despegándonos de las sábanas, sentándonos frente a la pantalla, flojera y sed dan su hola a incontables ocurrencias. ¿Cuándo escribirás sobre tu ida al Museo de la Inocencia, de Orhan Pamuk? En tres meses se cumplirá un año de haberlo visitado. Si fue uno de los días más hermosos de tu vida, ¿por qué aún no lo has plasmado?

Ahora, aquí, el agua de la regadera –que aún no me ve entrar– se transporta a mis ojos; no sé cuál de los dos se cristaliza más al rememorar increíbles momentos compartidos con mi papá, quien, un día antes de su cumpleaños (nació un diecinueve de octubre), hizo realidad uno de mis mayores sueños: conocer El Museo de la Inocencia, evocar en sus muebles, manuscritos, colillas, fotos, cada objeto los capítulos de la novela homónima, ver sellar la entrada a éste (impresa –¡mágico regalo para sus lectores!– en el mismo libro, en la página seiscientos veintinueve), imaginarme entre Füsun, Kemal Bey y el gran Orhan Pamuk, protagonistas de esta inolvidable historia.

Ahora, aquí, el agua de la ducha se impacienta por yo aún permanecer en este escritorio: al revivir cada segundo (desde aterrizar en Estambul, maravillarnos ante el Bósforo, buscar el Museo, perdernos mil veces antes de hallarlo, agradecer la cordialidad de los transeúntes al preguntar su dirección, admirar los bellísimos gatos en sus calles –imágenes, todas, de postales– empedradas, llegar, sentir la inmensa alegría de mi papá al verme tan feliz), no sé cuál de mis ojos llora más.

Intento no mojar “Diarios. 1988-1989. La insubordinación de los márgenes”, de Victoria de Stefano, para releer esta página (la cuarenta y nueve) marcada por el separador artesanal (que con sus colores canta Isla de Margarita), página que, desde la primera lectura, remarca cada una de las mañanas al bañarme sin haber escrito nada:

En “La redención de Tolstoi”, Iván Bunin cuenta que Tolstoi una vez le preguntó “si seguía escribiendo. Le contestó que casi no escribía, que todo lo que escribía le parecía insignificante. Además, no sabía sobre qué escribir. ‘¿Cómo es eso? Si no sabe sobre qué escribir escriba sobre eso, escriba que no sabe acerca de qué escribir y por qué. Busque la razón de esa ausencia de motivos y descríbala’. Sabio consejo”.

De Stefano continúa: “A partir del consejo de Tolstoi, que podría resumirse en ‘escriba, escriba lo que sea’, recordé todas las veces que sentí deseos de escribir sobre todo lo que me iba viniendo a la mente mientras escribía, en el margen derecho de la página. Sí, escribir en una columna al margen del texto, como una manera de reproducir y legitimar el proceso ‘auténtico’ de composición. En una columna, la ficción, bajo forma de relato, bien sea débil o fuerte y, en la otra, las reflexiones, las asociaciones extemporáneas, sin exceptuar las correcciones y las enmiendas, relacionadas con el texto a medida que este iba creciendo. ¿Y por qué no lo haces?, me preguntó bruscamente D.R. en la sesión de terapia. ¿Quién, qué te refrena, qué inquisidor te lo impide? Tu madre y tu padre ya están muertos. Haz lo que quieras, aprende a darte permiso… sin culpabilidad,

sin temor a las infracciones. Otro buen consejo. De lo que quiero haré lo que puedo. El acto de la voluntad es el que cuenta. Lo importante es dar las batallas, dijo la terapeuta. Perder una batalla no es fracasar, fracasar es no dar el combate”.

De Stefano, Vegas, Tolstoi, Bunin: mañana, también antes de bañarme, seguiré. Mientras tanto, he aquí el sello de mi entrada.

Ghaza, El Valle del Bekaa (Líbano), 15 de julio de 2019.

*ladendalal@hotmail.com / http://dalalelladen.blogspot.com

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