Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomelí

Yo no soy dócil

Esa mañana la familia Aguirre trazaba los planes nocturnos para hacer una visita a sus compadres, el señor Arturo reunía a los integrantes para dar instrucciones sobre lo que se trabajaría en esa velada.

-Lorena, reúne a los muchachos.

-Claro, en un instante les llamo-, respondía la esposa con gran entusiasmo, una vez reunidos todos en la sala Arturo comenzó a exponer el compromiso en puerta.

-Hijos necesito que esta noche me acompañen a una cena que ofrece mi jefe, es de mucha importancia para mí pues de eso dependerá un ascenso en la empresa y un aumento de sueldo que sería benéfico para todos-. Dos de los jóvenes aceptaron sin excusa alguna, pero Silvia de carácter fuerte y voluntarioso replicó en el momento.

-¡Pues lo siento mucho papá, pero yo tengo compromiso con mis amiga y no podré acompañarte, no cuentes conmigo! -. El padre sorprendido por la respuesta agresiva de su hija y retomando la autoridad que le correspondía como jefe de familia respondía:

-¡No pregunté si alguien tiene planes, di una orden y se cumplirá, entendiste niña!

-Pues no, no entendí y no pienso ir a tu cena de conveniencias empresariales-. Se levantó indignada retirándose de la reunión familiar mientras Arturo la llamaba con desmedida cólera.

-¡Ven para acá chamaca voluntariosa, te estoy hablando, regresa! -. Sus palabras fueron ignoradas, la soberbia que reinaba en la chamaca era desmedida sin fundamentos, para ella solo existía su voluntad; encerrándose en su recámara pasó horas a llorando, mientras su padre no lograba encontrar una respuesta a la conducta de su hija.

Más tarde, serían ya las cinco, la muchacha salía de su cuarto decidida a salir a la calle, al verla el padre preguntó.

-¿A dónde piensas ir Sofía?

-¡A la calle papá a la calle! -, tajante respondía la voluntariosa hija, azotando la puerta de la entrada salía a la calle, mientras el desesperado padre no comprendía nada de lo que ocurría con su hija, Sofía caminaba, se internó en un pequeño jardín donde tomó asiento en una solitaria banca, sus ojos lloraban de impotencia, su mirada era de una rabia sin control; a paso lento se acercó el viejo andante, tomó asiento cerca de ella y saludó.

Buenas tardes amiga, ¿porque tan enojada?

-¡Y usted quien es, como sabe que estoy enojada!

-Tu mirada amiga, esas lágrimas no son de dolor sino de cólera, me llaman Cristóbal, el viejo andante de los caminos.

-¡Pues si Cristóbal, estoy muy enojada!

-¿Por qué razón?

-¡Mi padre no me comprende es un necio! afuera quiere que hagamos su voluntad, y a mí no me gusta que nadie me dirija ni me ordene nada, amo mi libertad, sí, creo que no soy nada dócil, ¡pero así soy y que, es mi felicidad! -.

El viejo andante escuchó con toda calma la versión de la señorita de 18 años y una vez que ella desahogó sus frustraciones él tomó la palabra.

-Lo entiendo perfectamente, tú me quieres decir que eres una persona voluntariosa, soberbia, indisciplinada y nada humilde ¿verdad?, la chica sorprendida lo miraba respondiendo al instante.

-No, eso no Cristóbal-.

Antes de dar tiempo a su defensa el viejo sabio respondía con firmeza y certeza.

-¡No, eso sí Sofía, tú lo dijiste! una persona que es dócil, goza de maravillosos dones que fueron puestas en el ser humano por Dios, el ser dócil es adquirir una inteligencia extrema para aprender, porque se presta a la enseñanza, una persona dócil es buena, sublime, amorosa, la docilidad es calidad humana, deposita en el ser humano el talento más maravilloso que es la humildad, quien no goza de la docilidad llega a sentirse inútil, dependientes de otras personas porque no tuvieron la humildad para dejarse dirigir y aprender de la vida, son personas que con mucha facilidad se dejan influenciar por los malos, no tuvieron la humildad de ser dóciles para mejorar su sistema de vida personal o laboral; Sofía, debes de reflexionar sobre los consejos que a tus oídos llegan, de esa manera podrás tomar excelentes decisiones y por consecuencia encontrarás el camino correcto de la vida y realizarás de mejor manera tus proyectos mundanos, regresa a casa, sonríe a tu padre y acepta las enseñanzas que él quiere trasmitirte-.

Sofía lo miraba desconcertada, por su mente pasaban los pequeños tropiezos de su infancia por desacatar los consejos paternales y cedía la razón al viejo Cristóbal; en un gesto de aceptación respondía.

-Trabajaré la humildad viejo andante, lo prometo-.

A paso lento se retiró de Cristóbal.

-Trabaja la docilidad sin perder la dignidad muchacha-, respondía el viejo Cristóbal despidiéndola con una sonrisa celestial.

Al llegar a casa miró a su padre, dándole un beso en la mejilla le dijo:

¿A qué hora nos iremos a la cena padre? –.

-A las ocho hija, a las ocho-, desconcertado Arturo solo respondía, mientras un rayo de sol que entraba por la ventana iluminaba el crucifijo de la sala, de esa manera Sofía comenzó su nueva personalidad.

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