Un cuento a la vez

Por Eduardo Lomelí G.

La despedida

Un sábado común. El taller de laminado y pintura se encontraba a unos minutos de cerrar las labores de la semana, los trabajadores se reunían haciendo la tradicional rueda, sentándose en botes de trabajo y algunos en los salpicaderos de los autos para compartir de esa manera un pequeño momento, acompañados de unas cervezas platicaban sobre los planes del fin de semana; “el marqués”, un laminero de veintitrés años de edad, interrumpía en la plática.

-Compañeros, yo quisiera que me pusieran un poco de atención.

La seriedad de aquel amigo imponía, todos quedaron en silencio mientras él daba inicio a su sentir.

-Estas bebidas que ustedes disfrutan con tanta pasión, es el motivo de mi despedida.

Todos se miraban como diciéndose unos a otros “¡empezó el sermón!”

Al darse cuenta de la reacción de aquellos compañeros añadió.

-No, no pretendo enfriar su momento, solo quiero desahogar algo que me quema el alma, desde muy pequeño el alcoholismo de mis padres me marginó de sus cuidados, caricias y atenciones, en las escenas de mi vida solo recuerdo a unos padres embrutecidos por el licor, mis hermanos menores sin un aseo personal; mi adolescencia fue aún más cruel al ver a mi madre embruteciéndose en un depósito del barrio consumiendo cervezas, todos los borrachos la manoseaban, mientras que mi padre dormía sobre la banqueta con una botella de licor barato entre sus manos.

Mis fines de semana se convirtieron en una pesadilla, desde muy pequeño por la irresponsabilidad de mis padres tuve que tomar las riendas de mi casa, es por eso que pido toda su atención-. Los jóvenes no parpadeaban, se había apoderado de la atención de todos. Con un profundo suspiro que salía del interior de su pecho prosiguió con aquel sentimiento que lastimaba su corazón

-Me siento cansado, la losa que cargo sobre mis espaldas ya me lastima, haré un viaje muy lejos y no volveré a verles, pero antes de partir quisiera decirles esto, no permitan que sus hijos los vean en un estado inconveniente, si pueden alejarse de este vicio -señaló tomando la botella de cerveza en su mano- ¡es mejor!, con la estabilidad emocional de un niño no se juega-.

Las lágrimas de aquel hombre rodaban sin detenerse, su voz quebrada no paraba de hablar, los compañeros que se encontraban a su lado acariciaban sus hombros. Mirando al suelo y su mano a lo largo de la frente con la otra secó sus mejillas, después de un largo silencio se levantó dirigiéndose a la oficina por su salario, al salir se reincorporó al grupo, dio un abrazo a cada uno. Levantando su brazo se despidió de todos, cabizbajo salió de aquel taller para no regresar.

– ¿Te renunció?-. Los empleados preguntaron al patrón-.

-No ¿lo iba a hacer?

Cuando Los jóvenes le platicaron al jefe el sentir “del marqués”, él comentó,

-Lo vi extraño, su comentario me dejó pensativo, cuando me recibió los dineros me miró, pero su mirada era triste, ¡sí, más de lo acostumbrado! sólo me recalcó, quiere mucho a tus hijos, se despidió de mano, lo que nunca hace-. Entre chascarrillos, risas y cervezas el momento de reflexión pasó al olvidó, el lunes sin esperarlo nadie el padre “del marqués” se encontraba en la puerta de aquel negocio preguntando por el patrón, al observarlo dirigió sus pasos hacia él y con voz quebrantada dijo.

-Mi hijo no volverá-. Anunciaba la baja de aquel empleado.

¿Por qué motivo señor? ¿Qué mala cara vio aquí?-

-¡No señor aquí no! en donde no encontró cariño fue en su propia casa y el sábado, se suicidó.

Todos quedaros de una pieza, le encontraban el sentir a las palabras “del marqués” ese sábado.

¡Pero, cómo ocurrió!

-No lo sé, yo comencé a tomar desde muy temprano, cuando él llegó me encontraba dormido, dice mi hijo Raúl, que él lo vio llegar con una cerveza tamaño caguama, lo que nunca hizo, sentándose a la mesa y platicando los dos, estas fueron sus últimas palabras.

-Te encargo a los jefes, cuídalos, yo tengo que hacer un viaje pero quiero decirte que te quiero mucho, y también a ellos, díselos, solo que ya no soporto la vida que llevan, me duele verlos así.

-Mi hijo menor, preguntó.

¿A dónde te vas?

-Mañana a temprana hora lo sabrás-. Respondía “el marqués”, seguro de su decisión.

-Dice mi muchacho que le dio un beso en la frente, un abrazo tan fuerte que los huesos de su cuerpo tronaron, lo mandó a dormir quedándose solo en la mesa. Si señor, con él me dejó el motivo de su suicidio y sobre la mesa el sueldo de la semana.

La resaca me levantó por la madrugada, abrí el refrigerador, me tomé una chela, fui al baño, en el patio estaba “mi marqués” colgado, tomó la puerta falsa, su cuerpo se encontraba sin vida, ¡se suicidó por mi culpa señor! y por la tarde lo sepultaremos-. Todo quedó en silencio, no había palabras, ni aquellos compañeros indignados querían decir nada, solo se retiraron para comenzar las labores de la semana.

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